La indignación selectiva

En Colombia tenemos una extraña costumbre: nuestros principios parecen depender de quién los pronuncie.

Si quien habla es “de los nuestros”, justificamos, relativizamos o simplemente miramos hacia otro lado. Pero si la misma idea viene de alguien que consideramos adversario, la reacción es inmediata: indignación, escándalo y condena moral.

La reciente polémica alrededor de la posible fórmula entre Juan Daniel Oviedo y Paloma Valencia es un ejemplo perfecto de esa indignación selectiva.

Desde algunos sectores de las comunidades LGBT se ha interpretado la decisión de Oviedo de aceptar esa propuesta como una especie de traición a las luchas que representa. Como si aceptar un espacio político junto a alguien con posiciones distintas implicara automáticamente “vender” una causa.

Sinceramente, no lo veo así.

La política, en su mejor versión, no consiste en rodearse únicamente de quienes piensan exactamente igual. Consiste, precisamente, en construir acuerdos entre personas que piensan distinto.

De lo contrario, la democracia se convierte en un sistema de trincheras.

Lo curioso es que muchas de las personas que hoy juzgan con severidad esa alianza guardaron silencio —o encontraron cómo justificar— episodios bastante problemáticos del actual presidente, Gustavo Petro.

Petro llegó al poder hablando en nombre de las minorías y de los derechos. Sin embargo, en distintos momentos ha utilizado expresiones que difícilmente resistirían el mismo escrutinio moral que hoy se aplica a otros actores políticos. Desde referirse a Oviedo como “plumas y lentejuelas”, hasta afirmaciones profundamente desafortunadas sobre las mujeres o comentarios igualmente preocupantes en relación con comunidades afro en espacios oficiales de gobierno.

Más allá de la explicación o del contexto que cada quien quiera darles, son frases que, viniendo de cualquier otro dirigente político, probablemente habrían generado una indignación mucho más contundente.

Pero nuevamente surge la pregunta: ¿dónde estuvo entonces la indignación?

Porque si algo debería ser verdaderamente universal, es el respeto.

La misma lógica aparece en el otro extremo. Desde ciertos sectores de derecha también se ha criticado con dureza la posibilidad de que una figura del Centro Democrático construya una fórmula con alguien abiertamente defensor de los derechos de las comunidades LGBT.

Como si la política fuera un ejercicio de pureza ideológica.

A mí, personalmente, los extremos me resultan cada vez más preocupantes. No porque representen diferencias legítimas —que siempre existirán—, sino porque cada vez con más frecuencia se alimentan del odio, la simplificación y el prejuicio.

Por eso, paradójicamente, la combinación entre Oviedo y Valencia me genera algo que hoy escasea en la política colombiana: cierta esperanza.

No porque comparta todas las posiciones de ambos. De hecho, en la consulta mi voto fue para Juan Daniel Oviedo y sigo sintiéndome más cercana a varias de sus posturas. Pero precisamente por eso encuentro valioso lo que esta fórmula representa: algo que hoy parece casi revolucionario en la política colombiana, la capacidad de trabajar desde la diferencia.

La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual. Se fortalece cuando personas con visiones distintas son capaces de debatir, discrepar y aun así construir algo en común, y, cuando escucho críticas a esta posible fórmula, me pregunto qué es lo que realmente estamos defendiendo: si principios, o simplemente a quienes pertenecen a nuestro bando político o a nuestra tribu ideológica, incluso cuando sus palabras o sus actos contradicen exactamente los valores que exigimos con tanta severidad a quienes están del otro lado del debate.

Con demasiada frecuencia nuestras decisiones políticas no nacen de un análisis sereno de trayectorias, capacidades o propuestas, sino de reflejos sociales profundamente arraigados: prejuicios culturales, sesgos religiosos, luchas sociales, o incomodidades frente a la diferencia. Por eso también vale la pena preguntarse si muchas de estas críticas buscan realmente una mejor alternativa, o si terminan siendo una justificación cómoda para volver a refugiarnos en los extremos.

La política rara vez ofrece opciones perfectas. Lo que sí exige es la capacidad de evaluar con seriedad la trayectoria, la experiencia y el carácter de quienes aspiran a gobernar, y de reconocer cuando —incluso desde la diferencia— una fórmula como esta demuestra respeto por la democracia, por las instituciones y un interés genuino por el país.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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