“La guerra es bella”

La guerra es bella porque gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada.

Y entonces llegó el día en el que ya no miramos hacia el cielo nocturno para buscar estrellas y armar constelaciones, sino para comprobar que el sistema antimisiles funciona. El día en que los gallinazos abandonan el cielo diurno porque aparecieron máquinas que vigilan mejor la muerte desde arriba que su vieja mirada carroñera. 

La guerra es bella porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. 

El día en que se celebran la explosión y la muerte como si de un espectáculo de luces se tratara. El día en que pareciera estúpido, y quizás hasta ingenuo, mencionar que un misil se carga con dinamita pero, sobre todo, con odio. Ese “monstruo / ciego / con la mirada nublada / por el color de sus prejuicios. / Todo es tan oscuro / ante sus ojos / que la luz ajena / lastima su vista / agitada / por palabras / cansadas”, como lo canta el poema de Juan Mosquera. 

La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras.

Bendita humanidad que, regocijándose en sus avances tecnológicos, prefiere quemar a sembrar, matar a hablar, rastrear a rescatar, estancar a canalizar… El misil instala un silencio infectado porque prohíbe la palabra. 

La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos al fuego, los perfumes y olores de la descomposición. 

Me pregunto qué diría Tolstói, quien —en su inacabada autobiografía dramatizada Y la luz luce en las tinieblas cuyo “final” fue escrito por Stefan Zweig en su libro Momentos estelares de la humanidad—, al ser abordado por dos estudiantes que buscaban convidarlo para que apoyara la revolución, terminó respondiéndoles: “Ya lo sé, en vuestras proclamas incluso aseguráis que es un acto sagrado alimentar el odio. Pero yo desconozco el odio y no quiero conocerlo, ni siquiera hacia aquellos que pecan contra nuestro pueblo. Porque el alma de quien hace el mal es más infeliz que la de aquel que sufre la maldad… Siento compasión por él, pero no lo odio”. 

La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras…

Cuando leí las palabras de Marinetti sobre la belleza de la guerra —que atraviesan, como balas, esta columna— en su Manifiesto sobre la guerra colonial de Etiopía, primero me reí al entender (equívocamente) que se trataba de mero sarcasmo. Luego entendí que Marinetti, fascista, hablaba en serio. 

Con razón Walter Benjamin, quien cita esas palabras en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, responde diciendo: “La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden”. 

En estos días inundados de videos de misiles, incendios, drones y gritos terminé entendiendo que quizás Marinetti no estaba delirando. Los videos de Teherán, Tel Aviv, Jerusalén, Dubái, Bagdad, Beirut, etc. tienen millones de visitas y se constituyen como las imágenes que más consumimos, que más comentamos, que más buscamos… Parecemos acostumbrados, de tan distraídos y sobreestimulados, a la estética de la barbarie. A la diabólica belleza de la guerra que ahora parece no ser mero sarcasmo. Parece que hablan (y actúan) en serio. 

¿En qué censo de criaturas vivas se incluyen los muertos de la humanidad? 

—Herman Melville

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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