“Aprendí de la poesía que un sentimiento compartido es un soporte sentimental para aquello que merece la pena defender”. Luis García Montero
¿Qué se imaginarían si supieran que a un insecto que transmite una enfermedad mortal lo atrae el color azul? Leí un artículo sobre cómo en Guinea lograron eliminar la enfermedad del sueño como problema de salud pública gracias a la instalación de telas azules impregnadas de insecticida en los manglares, que atraen y matan solo a la mosca tsetsé, y el efecto maravilloso que ha tenido en la comunidad. Me parecieron reveladores algunos detalles y pensé en cómo mantener los ojos abiertos y viva la curiosidad, leer sobre temas diversos e interesarse en lo que pasa en el mundo nos enseña a pensar, a comprender distintas formas de resolver situaciones, qué sienten otros, a no quedarnos en esa anestesia que mantiene dopados e indiferentes a quienes reducen su mirada a su pequeño círculo.
El Financial Times publicó un dato según el cual solo un poco más de 10% de los adolescentes estadounidenses leen en su tiempo libre rutinariamente y casi la mitad no lo hacen nunca. Es una tendencia que se ha acentuado en los últimos 20 años y creo que el efecto en el debate público y en la vida de esa sociedad es evidente. Esa falta de lectura y de interés en la diversidad de historias y de pensamiento repercute en la capacidad de aprendizaje, en la falta de ideas, de creatividad, en la pobreza de la mirada, en la capacidad de sentir, que es una base no solo para alimentar los talentos, sino para la construcción de sociedad y para cultivar una visión del mundo profunda y enriquecedora. La falta de todo eso —la ignorancia— es tierra fértil para el odio. Y así nos va.
Conversaban Alejandro Gaviria y Ricardo Silva en un episodio del podcast Tercera Vuelta sobre la urgencia de que la educación volviera a ser alguna vez algo más allá de una preparación para el mercado del trabajo: una educación para aprender a pensar, a ser críticos, escépticos, para poder decir esto que me están contando no es así. Hablaban sobre la literatura y sobre conocer la historia como mecanismos de defensa.
Escribió Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia: “Que se exija tan a menudo a una persona que sea otra puede debilitar el sentido de la identidad. Debería ser ella misma de vez en cuando. Debería estar con gente que sea como ella, que tenga sus mismos sueños y libre sus mismas batallas; que la reconozca. En otras ocasiones debería ser como personas distintas de ella, porque dedicar poco tiempo a ser otra persona entraña un problema: se atrofia la imaginación en que echa raíces la empatía, que es la capacidad de metamorfosearse y salir de una misma. Uno de los males prácticos del poder es la falta de esa extensión de la imaginación”.
Hoy padecemos un mundo enceguecido por el poder. Hay que imaginar al otro para llenar la existencia de puentes, para no sentir que lo que nos diferencia es un abismo y que entonces ese abismo nos devore. Hay que imaginar a una familia floreciendo entre manglares salpicados de telas azules, su destino transformado en la ausencia de la mosca tsetsé, gracias al ingenio de quienes se interesaron en el funcionamiento de la vida. Nos tiene que interesar lo que pasa porque la vida es alucinante. Hay que sentirla. Y porque si no nos interesamos, si no sentimos, se puede convertir en un infierno.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/