Para escuchar leyendo: Apartamento, Laura Pérez.
Me de llín; se dice así, dividiendo en tres el nombre, Me de llín, con el acento bien marcado en la Í, y dejando claro que es, a la vez, sorpresa y pregunta. Honrando la RAE se escribiría ¡¿ME DE LLÍN?!
Cuando se ve el precio de vivir en la ciudad, uno la piensa y la menciona así, con la extrañeza del ajeno, del que sabe que algo cambió y lo que creía suyo ya no existe. Vivir en Medellín es ahora un acto de resistencia colectiva.
De entre esa inmensa bomba de tiempo que la economía de nuestra ciudad vive, uno de los grandes dolores de estos días es el acceso a la vivienda, a una digna, que no solamente encarece nuestra subsistencia, sino que también impacta nuestra demografía y la forma en que ocupamos el territorio, en ese último punto quisiera centrarme.
Paisanos, lectores, Medellín vive una crisis de vivienda. Según la Alcaldía Distrital, el 19,1% de los hogares de la ciudad sufre algún tipo de déficit de vivienda: 38.206 familias no tienen dónde vivir (déficit cuantitativo) y otras 154.269 habitan viviendas en condiciones inadecuadas (déficit cualitativo). La situación se agrava por una oferta que mira hacia arriba: el 88% de las licencias de construcción expedidas corresponde a proyectos No VIS —vivienda para estratos medios y altos—, mientras que entre enero y noviembre de 2024 apenas se vendieron 1.118 unidades de interés social en toda la ciudad, frente a las 18.601 de Bogotá en el mismo periodo (Camacol / Coordenada Urbana, 2024). El mercado del arriendo traduce esa presión: los precios acumularon un incremento del 36,7% entre 2021 y 2025, y hoy el costo de arrendar en Medellín supera en un 13,7% el de Bogotá (La Lonja de Propiedad Raíz / Infobae Colombia, 2025). Mientras tanto, en 2024 llegaron al mercado 36.000 nuevos hogares en búsqueda de vivienda, pero solo se vendieron 17.500 unidades nuevas —es decir, por cada casa vendida, dos familias más salieron a competir por un arriendo (El Colombiano / Camacol, 2024)—. La consecuencia más cruda se lee en comunas como Santa Cruz, Manrique y Popular, las cuales concentran entre el 28% y el 30% de sus hogares en déficit cualitativo (ISVIMED / Encuesta de Calidad de Vida, 2023), mientras los nuevos proyectos se acumulan en el sur del Valle de Aburrá.
En Medellín se construye de manera insuficiente, no solamente en cantidad, sino sobre todo en calidad. Este gran cañón que nosotros llamamos valle deja poco margen para el crecimiento urbano y hemos optado por ocupar montañas que han generado lomas inviables que nosotros camuflamos en risotadas frente a la pregunta ¿sube o no sube? cuando algún carro pasa por ellas.
Entonces ¿Por qué carambas seguimos ocupando el espacio ignorando nuestras zonas planas? Ejercicios como los que se realizaron en Ciudad del Río resignificaron espacios que la vieja ciudad había destinado para la industria, pero lo hicieron para viviendas enfocadas en clases de altos ingresos. El esfuerzo que la Alcaldía trató de replicar en Naranjal no solamente quedó sin terminar, además generó otros problemas con quienes fueron trasladados y quienes confiaron en ese proyecto.
Esta ciudad se mueve entre problemas que parecieran poder solucionarse entre sí: falta de territorio para crecer en vivienda y espacios inseguros por crisis sociales como el tráfico de drogas, la inseguridad y el aumento en la cantidad de habitantes de calle. Permítanme ahondar un poco en el segundo.
El censo del 2019 del DANE, contabilizó 3.214 personas en situación de calle en la ciudad; para 2023, la Alcaldía reportó 7.075 personas atendidas en esa condición, y estimaciones de la organización Corpocentro sitúan la cifra real por encima de las 8.000 —un crecimiento superior al 150% en apenas cinco años (El Colombiano, mayo 2024)—. La ciudad no ha vuelto a realizar un censo oficial actualizado, lo que significa que las decisiones de política pública se toman prácticamente a ciegas (Concejo de Medellín, julio 2024). El 86% son hombres, el 7,4% son extranjeros, el 71% consume bazuco como sustancia principal, y el 53,9% sobrevive del reciclaje (Secretaría de Inclusión Social, Familia y DDHH, 2023). Para atenderlos, el Plan de Desarrollo de la actual administración proyectó una inversión de $111.527 millones durante el cuatrienio, cifra que el Concejo consideró insuficiente desde el primer debate (El Colombiano, mayo 2024). La capacidad instalada de reintegración social es limitada: en toda la vigencia de 2024 apenas 252 personas participaron en procesos formales de reintegración —modalidad semiabierta o en granjas terapéuticas—, y en lo corrido de 2025 van 212, según la Secretaría de Inclusión Social (El Tiempo, mayo 2025). Los Centros de Atención Básica reciben en promedio 1.000 personas diarias para necesidades elementales como alimentación y aseo, pero la puerta de salida —la reintegración efectiva y el retorno a redes familiares— sigue siendo estrecha (Alcaldía de Medellín, octubre 2025). La ciudad que alguna vez fue premiada como la más innovadora del mundo, no ha resuelto aún cómo contar los habitantes de calle, y mucho menos cómo restablecer sus derechos.
La avenida de Greiff, extensión de la maravillosa avenida de La Playa (que será tema de otra columna), concentra en su recorrido la vida de muchos de estos habitantes. En sus cercanías existen los espacios que la gente se niega a ver y a acercarse, esos que se estigmatizan y se bregan por mantener debajo del mantel.
¡Y este corredor es un diamante en bruto! No solamente en su recorrido se puede conectar el oriente con el acceso al occidente de la ciudad, revitalizaría y ampliaría ese centro caminable que históricamente llega hasta Junín, sino que además devolvería la mirada amplia hacia zonas como La Paz, Barbacoas, Chagualo, Minorista o San Benito.
Esa avenida cercana al centro, con acceso al metro, a zonas turísticas como la plaza de Botero y proximidad a las universidades y al SENA, puede ser el proyecto piloto de un gran proyecto de transformación integral, de cambio del uso del suelo para desarrollar proyectos de vivienda VIS, que permita no solamente reducir el déficit habitacional, sino que también resignifique esos espacios, que lleven la habitabilidad como generación de seguridad y de calidad en el espacio público. Proyectos que le den oferta de vivienda digna a quienes más lo necesitan, pero que también aborde de manera integral a los habitantes de calle que allí se concentran.
Ahora que vamos para una discusión sobre el POT, la de Greiff puede ser la punta de lanza para un tiempo en el que Medellín mire de nuevo a su centro, a su corazón, a hacer de esos barrios espacios de vivienda para los estratos 1, 2 y 3, para llevar equipamiento urbano y acceso a servicios públicos, para que el valle sea el hogar de los medellinenses y devolvamos a las montañas su papel de paisaje inspirador y no de nido resignado.
¡Ánimo!
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/