“No veréis los países, solo un orbe indivisible que gira sin cesar y no conoce la posibilidad de la separación, ni, desde luego, la de la guerra… No veréis muros ni barreras, no veréis tribus, ni guerras, ni corrupción, ni ningún motivo para tener miedo”.
Samantha Harvey, Orbital.
¿Qué es lo que no vemos? ¿Cómo nombramos lo que está ahí, impávido, latente, oscuro, pero que nunca, hasta hace apenas unos días, habíamos visto? Ocho ojos. El número que representa el infinito. Cuatro seres humanos, por primera vez, viendo esa parte oculta del satélite de la Tierra.
Un hito. Un gran paso para la humanidad, como lo expresó hace casi sesenta años, el astronauta Neil Armstrong. ¿Por qué es tan fascinante y aterrador a la vez? ¿Por qué, mientras en este planeta libramos guerras —no sólo las lideradas por las potencias, sino también las propias de cada día—, dejamos morir de hambre a millones de personas, insistimos en torturar especies y en contaminar el medio ambiente, nos concentramos en seguir desde nuestras pantallas la misión Artemis II que precede a quienes serán los próximos seres humanos en caminar por la Luna, y nos conmovemos con cada palabra, frase o gesto que envían mediante la comunicación con la NASA?
Nos quedamos sin palabras al observar las estrellas, las constelaciones, el espacio negro y espeso que nos es tan lejano, pero al que pertenecemos. La idea de observar a esos cuatro tripulantes en su viaje espacial es al mismo tiempo la fantasía que nos hace saltar de aquí a otros mundos. Salir del propio que es cada día más difícil y desesperanzador.
Veo noticias, leo sobre la carrera espacial y las próximas misiones que tiene planeadas la NASA junto a otras agencias y empresas, escucho los mensajes de Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen, y me sorprende la sencillez de su mirada, la frugalidad de su espíritu, lo sabio y lo simple de sus ideas, su impresionante capacidad de asombrarse con lo que hacen, aunque lleven gran parte de su vida preparándose para ello, estudiando las estrellas, los planetas, los viajes interestelares.
Lo veo y no concibo combinar las dos formas de existir en las que insistimos: la vida o la muerte. La guerra o la paz. El odio o el amor. La riqueza y la pobreza. Destruir este planeta o buscar alternativas para hacer colonias humanas en otro. Parece más fantástica y sobre todo, mucho más compleja, la idea de destruir civilizaciones enteras o de invadir países a costa del sufrimiento de miles, que la construcción de una cápsula que nos lleve a la Luna. Es la utopía la que, paradójicamente, parece más posible: explorar el universo, llegar a otras galaxias, conocer otras formas de vida. Y aquí, la distopía cruda y real que parecía un cuento viejo, cobra cada vez más fuerza. Nuestro apocalipsis. No provocado por plagas, maldiciones ni demonios.
¿Qué es lo que no estamos viendo aquí? Un planeta sin fronteras, sin divisiones, sin banderas. Mucho verde, azul y blanco de bosques, mares y nubes. Un punto minúsculo que nos empeñamos en fragmentar para volverlo cada vez más pequeño, para que cada persona se sienta cada vez más acorralada por ser lo que es, por su nacionalidad, por su color, por su religión o por su forma de amar o de pensar.
Puede ser que volver a la Luna sea el recordatorio de que aquí ya no hay esperanza, o por el contrario, que aquí, es el único lugar donde existe.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/