Iván y el pastorcito mentiroso

El día de ayer, el candidato a la Presidencia, Iván Cepeda Castro, anunció que, después de una larga reflexión, el comité promotor de la constituyente había desistido de la iniciativa y abandonaría la recolección de firmas para impulsarla. Si bien es una noticia que no puedo negar que me alegra, no porque crea que la Constitución actual sea perfecta, sino más porque me atemoriza lo que puede resultar de un proceso constituyente en un estado tan convulso como el que atraviesa el país, recibo la noticia —como creo que muchos colombianos— con cierto escepticismo frente a la misma.

No es la primera vez que los sectores afines a la izquierda han coqueteado con la idea de una Asamblea Nacional Constituyente. De la misma manera, tampoco es ajeno para nadie que existe un temor y una suerte de rechazo generalizado en la sociedad colombiana frente a esta propuesta. Tanto así que, durante la campaña de 2018, Petro firmó en mármol que no impulsaría este proceso.

 No obstante, a pesar de reiterar durante años que una constituyente no era necesaria, una vez alcanzada la Presidencia en 2022 se convirtió en uno de los principales promotores de esta idea, llegando incluso a plantear la posibilidad de impulsarla por decreto o mediante la recolección de firmas, mecanismo del que ayer anunciaron desistir.

Y así, como ocurrió con el pastorcito mentiroso, la promesa de que la izquierda no impulsará una constituyente resulta cada vez menos creíble. De hecho, en 2022 el pueblo colombiano ya les creyó una vez, confianza que la experiencia posterior demostró traicionada.

Si bien es cierto que el hoy candidato Cepeda ha sido esquivo a responder de fondo los cuestionamientos sobre si impulsará o no una constituyente, también lo es que ha coqueteado insistentemente con la idea de un “gran diálogo nacional”, que en últimas termina siendo un gran eufemismo con el que pretende tranquilizar al electorado, aun cuando el espíritu de la propuesta es esencialmente el mismo. Incluso, como señalé en una columna anterior, se trata de una iniciativa con tintes menos democráticos que una constituyente.

La razón por la que el anuncio de ayer genera tantas dudas es precisamente porque no existe un historial que invite a confiar. Cuando durante años se insiste en una propuesta, se exploran distintos caminos para materializarla y se descalifican los controles institucionales que se oponen a ella, resulta difícil creer que un cambio de opinión tan trascendental obedezca simplemente a una reflexión serena. Más aún cuando el abandono de la recolección de firmas coincide con el inicio de una campaña presidencial de segunda vuelta en la que la sola mención de una constituyente representa un enorme costo político frente a un electorado que la observa con recelo.

Por eso, más que celebrar anticipadamente el supuesto entierro de la constituyente, conviene mantener una prudente reserva. Los colombianos ya escucharon antes que no habría constituyente, y los hechos demostraron que aquella promesa tenía fecha de vencimiento.

 Tal vez esta vez sea diferente; ojalá lo sea. Pero mientras quienes hoy piden confianza no expliquen con claridad por qué abandonan una bandera que defendieron durante años, el escepticismo seguirá siendo una reacción razonable. Después de todo, la moraleja del pastorcito mentiroso no es que la gente sea desconfiada por naturaleza, sino que la confianza, una vez perdida, rara vez se recupera con palabras.

Otras columnas de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/

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