Hanthala mira siempre de espaldas. Ese niño dibujado por el caricaturista palestino Naji al-Ali observa el mundo en silencio, con los brazos cruzados detrás de la espalda y los pies descalzos. Desde esa postura ha presenciado guerras, ocupaciones y promesas rotas. No envejece. No puede hacerlo. Porque permitir que Hanthala crezca sería aceptar que la infancia atrapada en la guerra se ha vuelto algo normal.
En la guerra los niños son los mayores perdedores. La violencia los arrasa, los pisotea, los extermina. Para ellos los buenos y los malos no existen; son categorías que no comprenden. Ayatolás, regímenes, gringos, bombas, Israel, acá o allá: palabras que pertenecen al vocabulario de los adultos, no al mundo de un niño. Sin embargo, sus vidas quedan a merced de quienes sí manejan ese lenguaje y que, en su nombre, deciden derrotar al enemigo de la manera más inhumana.
Van dos semanas desde el inicio de la confrontación entre Estados Unidos e Irán, y el saldo ya es devastador. Según la organización de derechos humanos Human Rights Activists in Irán (HRANA), la guerra ha dejado 1.262 muertes civiles, entre ellas al menos 200 niños. Entre las víctimas se encuentran los 110 menores —de entre siete y doce años— que murieron el primer día del conflicto tras el ataque a una escuela de niñas en Minab, en el sur del país. Informes iniciales señalan que el bombardeo habría sido ejecutado por fuerzas estadounidenses; si esa autoría se confirma, estaríamos ante un crimen de guerra.
Pero si Hanthala siguiera mirando el mapa de la violencia, vería que la tragedia no termina en Irán. La creciente ofensiva israelí en el Líbano y en territorios palestinos continúa ampliando la lista de víctimas infantiles. La organización humanitaria Save the Children calcula que más de diez niños mueren cada día en los episodios recientes del conflicto regional. Solo en los últimos días han muerto cerca de 300 menores, una cifra que equivale —como advirtió la organización— a la desaparición de diez aulas escolares completas. En otros escenarios del conflicto, Kuwait ha reportado la muerte de una niña de once años por metralla, mientras que en Israel tres menores han fallecido tras el impacto de misiles y drones.
Si Hanthala pudiera leer los tratados internacionales, encontraría allí una promesa. El derecho internacional humanitario establece que hospitales, escuelas, instalaciones humanitarias, lugares religiosos y centros de emergencia deben gozar de protección especial. Las guerras —al menos en teoría— tienen reglas. Y en ellas los niños deberían quedar fuera de cualquier cálculo militar. Por eso los líderes mundiales tendrían que actuar con urgencia para evitar una escalada mayor: un cese inmediato de hostilidades y el respeto estricto de las normas que obligan a proteger a la población civil, especialmente a la infancia.
Pero Hanthala también vería algo más inquietante: la distancia entre las normas y la realidad. Vivimos la paradoja de la hiperexposición. Mientras más visible se vuelve la guerra —en vivo y en directo— menos rechazo parece suscitar. Las imágenes de muerte y destrucción circulan al instante, pero se disuelven con la misma rapidez en el torrente informativo. La tragedia humana ocupa cada vez menos espacio frente al espectáculo que rodea al conflicto: declaraciones, gestos diplomáticos, enfrentamientos verbales.
En ese escenario se ha instalado incluso una suerte de merchandising mediático de la guerra. Un mercado de interpretaciones, polémicas y escándalos que convierte la tragedia en un producto de consumo político. Se discute, por ejemplo, si Donald Trump se negó a hablar en español ante mandatarios latinoamericanos como un gesto de desdén hacia Pedro Sánchez. Mientras tanto, los niños que murieron —y los que probablemente morirán en los próximos días— parecen importar menos que las frases incendiarias de los líderes. El mensaje implícito es brutal: en la lógica de la guerra, la infancia termina convertida en daño colateral.
Quienes han alzado la voz contra esa lógica han sido rápidamente etiquetados como adversarios políticos. Se les acusa de no estar en el “lado correcto de la historia”. Bajo la narrativa del líder fuerte, Trump empuja a sus propios militares y ciudadanos a una confrontación que muchas veces se justifica más como sospecha que como certeza: la hipótesis de un mal que debe ser eliminado. En medio de esta espiral de violencia, el presidente estadounidense insiste en mantener a Cuba como objetivo militar.
Si ampliara aún más su mirada, Hanthala vería algo que la historia conoce bien: las potencias que observan la guerra desde la distancia. Rusia y China saben que incluso en medio del caos pueden obtener ventajas estratégicas. Prefieren pescar en río revuelto. En ese tablero de poder, lo que pesa no son los niños muertos en Palestina, Irán o Ucrania, sino la posición que cada actor logre asegurar cuando el humo se disipe.
Pero la mirada de Hanthala no se detendría solo en Oriente Medio. También podría posarse sobre Colombia. Aquí, la Defensoría del Pueblo reportó que el año 2025 cerró con al menos 409 menores reclutados por grupos armados ilegales. La guerra, aunque adopte otras formas, sigue atrapando a la infancia. Tal vez por eso Hanthala sigue siendo una figura tan poderosa. Representa al pueblo palestino, pero también al iraní y, en realidad, a cualquier sociedad donde los niños quedan atrapados en la maquinaria de la violencia. Su postura —de espaldas, inmóvil— es una forma de denuncia que se escucha fuerte y claro.
Los horrores de la guerra en Oriente Medio resuenan en todo el mundo. Bajo la lógica del más fuerte, la paz se vuelve cada vez más lejana. América Latina ya fue víctima del plan de liberación del “emperador” Trump, y nadie puede asegurar que regrese por más.
Hanthala sigue mirando.
Y si uno se detiene frente a ese niño, entiende que podría estar hoy en Palestina, en Irán, en Colombia o en cualquier territorio donde la guerra —decidida por los adultos— termina castigando a la infancia.
Porque mientras el mundo discute estrategias, siempre hay un niño que esta noche tampoco dormirá tranquilo.
Y esa es, quizá, la forma más clara —y también la más brutal— de entender lo que realmente significa una guerra.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/