Hacer invivible la república 

El 7 de agosto de 2026, Gustavo Petro, que ha hecho un gobierno nefasto, volverá al lugar donde siempre ha estado cómodo y sabe controlar con precisión: la calle, la oposición. Petro fue incapaz de ser gobierno. Ríos de tinta han corrido sobre su desidia, su ineficacia y su falta de método. No buscó el poder para administrar el Estado ni para mejorar la vida de los ciudadanos: lo quiso como vitrina personal, como espejo donde acariciar su ego y cobrar sus revanchas.

Con absoluta seguridad —salvo que se valga de algún artefacto que haga efectivo su cada vez más frecuente impulso autoritario— Petro dejará la presidencia para, desde el día uno, volver a ser jefe de la oposición. Y no cualquier oposición: una oposición salvaje, intimidatoria, con una capacidad cierta de paralizar sectores enteros o crear el caos necesario para sumir al nuevo gobierno y al país en la tensión permanente y la incertidumbre política.

El siete de agosto no será el punto final de Gustavo Petro; será un punto seguido. En el rol de opositor no hay indicadores, métricas, consejos de ministros, ni entes de control que lo limiten. No hay protocolo ni método, solo él y su cuenta de X, usada como catapulta para mentir, difamar y escupir fuego sobre la gestión pública de la que fue pésimo ejecutor, pero se siente crítico agudo. Desde allí buscará volver a marcar la agenda nacional, aprovechar el descontento que él mismo sembró y convertir el ruido en poder.

Petro no concibe la política sin conflicto. Su estrategia siempre ha sido la de tensionar, dividir, provocar. Gobernó contra el Estado, contra la prensa, contra las instituciones, contra quienes lo votaron y hasta contra sus propios ministros. Y, paradójicamente, es en el caos donde se siente más eficaz. La calle es su escenario natural: el lugar donde la retórica sustituye la evidencia, donde los hechos se vuelven opinables, donde el líder se confunde con el pueblo y el populismo se disfraza de virtud moral.

Lo que viene, entonces, no será un silencio republicano ni una transición institucional tranquila. Petro, incluso fuera del poder, seguirá siendo un factor de desestabilización, un generador de ruido, un político que no sabe vivir sin enemigos. Su propósito no es construir una alternativa; es hacer invivible la república.

Y ese, quizás, será su mayor legado: haber convertido el debate público en un campo de sospechas, haber degradado el lenguaje político hasta el insulto, haber naturalizado la confrontación como método de gobierno. Petro pasará, pero su estilo quedará latiendo en el alma herida de la política colombiana.

Porque nada destruye más una república que acostumbrarse a vivir en el conflicto. Y si algo ha logrado este gobierno, es precisamente eso: que la república se sienta invivible.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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