Hacer de tripas corazón

Salomé Beyer Vélez

Empecemos por lo incómodo: voté por Abelardo de la Espriella. Nuevamente, mis “nuncas” tan absolutos me demostraron que ni yo me termino de conocer del todo. Me demostraron que sí soy una cajita de sorpresas y que, así como se lo he otorgado a tantos otros, yo también tengo el derecho (y el deber, a veces) de cambiar de opinión. Me debo por lo menos eso.

Cuando el panorama electoral se esclareció el 31 de mayo, mi voto era en blanco, igual al de hace cuatro años. Al momento de escribir esto pienso que quizás sí lo debió haber sido, porque era la única opción coherente con quien soy y he sido. Consideré, después, simplemente no salir a votar, porque el voto en blanco “no vale de nada.” “Estás botando el voto,” me decían sin saber que tal vez eso era exactamente lo que yo quería hacer.

Pero recordé que mi bisabuela, Lola, no pudo votar sino 13 veces antes de morir a los 104 años (si es que el desplazamiento se lo permitió). Nació en 1906, y sólo pudo ejercer su derecho al voto en 1958, en pleno Frente Nacional. Se podría decir, entonces, que pudo votar en apenas nueve elecciones libres. A ella, quien debió haber podido votar 20 veces, le debo el que yo vote cada cuatro años sin falta. Que vaya a las urnas, por lo menos.

Me gusta el progresismo. Y estoy de acuerdo con casi todo lo promete Iván Cepeda: la protección ambiental, el respeto a la JEP y el acuerdo de 2016, la visibilización de las comunidades marginadas, los diálogos como método principal para obtener la paz, y la territorialidad de la justicia y la educación. Por todo esto, y porque creo en la democracia, consideré también votar por él: leí sus 400 páginas de discursos (pocas propuestas concretas), escuché sus pocas entrevistas, analicé su hoja de vida.

Pero sencillamente no puedo votar por el creador de la Paz Total, una política que ha nombrado a violadores y genocidas, como Hernán Giraldo, como gestores de la misma. No puedo votar por quien se niegue a hablar claramente sobre la posibilidad de una Asamblea Constituyente, ni por quien evade el tema de Hollman Morris a capa y espada. Tampoco por quien no tiene un plan estructurado para apoyar a las empresas — más allá de un fondo público para las MIPYMES que no garantiza que las empresas ya consolidadas puedan superar los déficits que deja la gestión de Petro. 

Entonces, Abelardo. Un hombre que supuestamente ha recibido plata de Alex Saab y estafado a sus clientes como abogado penalista, que ha surgido como un macho protector de las mujeres cual perro pastor con sus ovejas sin agencia ni decisión. Un hombre que ve a los opositores políticos como enemigos y no como aliados en la construcción de un país para todos, que descarta hablar de los derechos vulnerados de la comunidad LGBTIQ+, que utiliza la “ideología de género” (que, por cierto, no existe) para generar indignación ante la izquierda. Y que, para colmo de todo lo anterior, hace chistes sobre explotar gatos callejeros al amarrarles voladores.

A quienes ven la hipocresía de mi voto, les digo que yo también lo hago. Cargo con una voz política y pública desde que me autoproclamé feminista hace 12 años, y por supuesto desde hace casi cinco años que escribo columnas de opinión. Que haya votado por Abelardo no elimina absolutamente ninguna de las causas a las que me he suscrito: soy feminista, incluso más que antes; soy animalista; soy aliada de la comunidad LGBTIQ+; defiendo el derecho al aborto seguro y gratuito; creo en la paz dialogada, no en la mano dura; le creo a las víctimas, y pienso que la JEP es de lo mejor que le ha pasado a Colombia.

No soy tigresa, no estoy firme con Abelardo, ni le creo a la patria milagro – por cierto, en un Estado laico. Pero aquí mis razones por las que el domingo hice de tripas corazón:

Muchas de las personas que más amo son empresarias, y he visto cómo la mala gestión del Pacto Histórico (tanto en el ejecutivo como en el legislativo) les ha generado consecuencias graves de salud tanto física como mental. Iván no representa lo que quisiera para ellos, ni con las pensiones de quienes trabajan para esas empresas, por ejemplo.

Mi abuela es doctora, como lo son muchísimos de mis amigos. Y todos se han enfrentado a una crisis de salud grave, en la que pacientes se mueren por desabastecimiento de medicamentos, en la que no les pagan salarios dignos y oportunos, y en la que son obligados a lidiar con grupos terroristas mientras hacen el rural por la falta de presencia de Estado. Esto último, claro, no empezó con Petro. Pero él sí propuso que terminaría con su gobierno.

Desde el desplante a Andrés Pastrana por parte de Tirofijo en 1999, no habíamos vivido una política de paz más vergonzosa que la Paz Total. Hernán Giraldo, alias El Taladro, violó a “L.N.G” de 13 años en 1995 (anonimato de acuerdo con estipulaciones de Justicia y Paz). Cuando este le prohibió a la madre de la niña que le siguiera dando anticonceptivos, ella dio a luz a un “paraquito”, extendiendo así el terror de las AUC. Mientras tanto, Ana María tenía 11 años cuando Giraldo la violó por primera vez, y después la secuestró en complicidad con agentes del INPEC. Durante años la retuvieron en una habitación, en la que entraban hombres que pagaban para hacerle lo que quisieran.

Hoy, gracias a la Paz Total, Giraldo es gestor de paz y dice que, aunque lamenta su comportamiento, sus víctimas “no fueron tan jóvenes”.

Mi tercera razón es más fácil de digerir, porque todos los que votamos en estas elecciones lo vivimos: Miguel Uribe Turbay. Yo probablemente no hubiera votado por él, pero la respuesta del Pacto fue, sencillamente, canalla. ¿Ya se nos olvidó que personas del Pacto, mientras Miguel luchaba por permanecer al lado de su hijo de cuatro años, dijeron que todo había sido una conspiración? ¿Qué se le había visto caminando por la clínica? ¿Se nos olvidó la falta de protección que tuvimos quienes hicimos oposición desde todas las esferas? ¿O las arremetidas de Petro con nosotras las periodistas, “muñequitas de la mafia”?

Y, finalmente, mi compromiso con la democracia no empieza ni termina con contiendas electorales. Yo ejerzo mi ciudadanía todos los días: al trabajar, construir con mi familia, contribuir al debate público, al adoptar perros callejeros, escribir columnas de opinión, expresar mi inconformidad, protestar, apoyar negocios colombianos antes que extranjeros, cumplir con lo legal o formarme para que cada vez más mis contribuciones a Colombia sean más significativas.

Lamentablemente, esta vez mi voto no fue de confianza, ni con firmeza o ilusión. Sí fue pensando en quienes amo, y con temor por todo el trabajo que se me avecinará durante los próximos cuatro años. Salí de la urna con ganas de vomitar, lloré, y escribí esta columna. En ese orden. Quisiera que de eso no se tratara votar en unas elecciones.  

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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