Ganar y perder

La democracia se está muriendo, en gran parte, porque ha hecho carrera la idea de que es un sistema de suma cero.  Esto quiere decir, que cuando sus actores creen y actúan como si fueran a ganar todo a costa del “otro”, lo que realmente se logra es su extinción. Ese “otro” es un enemigo que representa el fin de todo lo que es valioso y querido para mí.  Por esa razón, hay que colgarle apelativos como “nazi” o “guerrillero” o predecir el fin de los tiempos si eventualmente triunfa.

Escribo esta columna el lunes en la mañana, todavía con el sabor de la jornada electoral en la boca.  En mi caso no es un sabor dulce porque mis dos candidatos, que también son mis amigos, se quedaron cortos, muy cortos, en su aspiración de llegar a Senado y Cámara. Dos personas capaces, con experiencia, con resultados en lo público y lo privado que han gobernado e hicieron campaña con ética y respetando la ley.  Eso, lo sabemos hace mucho, no es suficiente. También se quedaron por fuera otras personas de otros partidos y movimientos que admiro y respeto con los que tengo diferencias, pero que le dan altura al debate.  Esa es la democracia.

El día de ayer hubo un ganador que ha pasado desapercibido, pero que si perdía significaba una hecatombe para todos. A pesar de los constantes y mentirosos ataques del presidente de la república y sus seguidores, el sistema electoral funcionó y funcionó bien. El montaje, la logística, el proceso de votación y la contabilización inicial de resultados fluyeron.  Un sistema electoral que se ha construido durante años y que, a pesar de retos de orden público, geografía y crimen organizado, sigue llegando a la gran mayoría de las localidades de este extenso y complejo país, Un sistema,  eficiente en la entrega de resultados, es un activo que tenemos que proteger y fortalecer. Lo que está haciendo Petro es irresponsable y en extremo manipulador porque le permite dudar de los resultados que no le gusten. ¿Alguien lo ha oído cuestionar la votación del Pacto Histórico y su incremento de curules? La democracia nos exige acuerdos mínimos y responsabilidad.

Porque es un invento humano, la democracia nos enfrenta a muchos vicios de esta especie y especialmente de la que habita estas latitudes.  El vicio de privatizar lo público para beneficio propio, el vicio de mezclar política con armas y el de aprovechar las limitaciones del sistema judicial, son centrales en nuestro proceso electoral. Ayer fueron elegidos, con altas votaciones, herederos de la parapolítica (Blel), de la corrupción (Pulgar, Manzur, Lopera, Peralta, Manrique, Lobo) y agresores (Flórez) por solo mencionar algunos.  Las estructuras, el clientelismo y los ríos de plata que corren por estas campañas desplazan cualquier consideración ética o cualquier responsabilidad. El sector público en nuestro país es un muy buen negocio para algunos y, salvo sanciones legales, parece que la fuerza de opinión que se exprese en las urnas no da para sacarlos del negocio. En un ambiente altamente polarizado, estos negociantes, que no tienen ni programas ni principios, nunca pierden.  Una vez en el poder se ofrecen al mejor postor. La democracia nunca es distinta a las prácticas y capacidades de la nación. Para bien y para mal votamos como somos.

Queda claro con los resultados de ayer que las bases, tanto del petrismo como del uribismo, están vivas y coleando.  Ni los escándalos ni los débiles resultados ni la marcada incapacidad de gobernar del presidente han hecho mella en el compromiso de una izquierda que, contrario a su historia, fue capaz de consolidar un pacto y mantenerse unida. Ahí hay convencidos y comprometidos de la vieja guardia y también negociantes y contratistas embelesados con el patrimonio público.  Uribe, con quien uno puede tener profundas diferencias de forma y fondo, se mantiene vigente y, otra vez, está jugando por la presidencia.  Yo lo sentencié a la cárcel o a la pensión, y vaya si me equivoqué.  Dirán que se quemó, pero yo creo que su plan fue mover el partido y no volver a enfrentar a la Corte Suprema de Justicia. Lo logró.

Y luego está Oviedo.  A mi Oviedo me gusta por auténtico, por técnico, por disciplinado y porque le gusta hacerse contar.  Su votación en La Gran Consulta es un mensaje contundente de que hay un sector que no está alineado con las tribus ni tiene clientela o estructura y que espera mucho de sus líderes.  Me gusta que esté reivindicando el proceso de paz y la JEP y señalando que tiene diferencias con Paloma que no se van a borrar por obra y gracia de unos puntos porcentuales o de una oferta laboral.  De los múltiples resultados que ayer se dieron, el triunfo de Jennifer Pedraza y el de Oviedo me parecen los más contundentes y los más esperanzadores.

Oviedo, además, ha tomado la vocería del centro político y ha puesto a Fajardo en una posición difícil pues pasa a depender de unos buenos resultados en las próximas encuestas o de un golpe de opinión con el nombramiento de su fórmula vicepresidencial.  Esto, mientras los reflectores de la opinión están apuntando a otro lado. 

Insistiré sobre un punto que he repetido en columnas y publicaciones: la democracia es el único sistema político en el que nunca se gana ni se pierde del todo. Ese tiene que ser el acuerdo fundamental de todos los que nos consideremos demócratas. Los que creen que ganaron y los que sentimos que perdimos. 

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