Para escuchar leyendo: Niebla,Pedro Guerra.
Nada fue dejado al azar. El lugar, el tono, el discurso, los mensajes: todo estuvo cuidadosamente calculado. Lo ocurrido el sábado en pleno corazón administrativo de Medellín y Antioquia no fue un hecho aislado, mucho menos una simple provocación.
Quienes defendemos la democracia, creemos en las instituciones y confiamos en el Estado de Derecho debemos decirlo con todas sus letras: el acto del presidente de la República en Medellín fue una amenaza. Una amenaza contra todos aquellos que no comparten su proyecto político. Una amenaza, también, de cara al 2026.
Es cierto: históricamente muchos mandatarios se han reunido —en público y, con mayor frecuencia, en privado— con líderes de grupos irregulares, con jefes guerrilleros, incluso con delincuentes comunes. En este país, las negociaciones de paz son más frecuentes que las eliminatorias al Mundial, y tienen un mayor porcentaje de fracaso que nuestra Selección.
Pero el problema no radica, esencialmente, en que el jefe de Estado quiera dialogar con actores armados, cualquiera sea su naturaleza. El verdadero peligro es otro: lo del sábado no fue el inicio de una conversación de paz. Fue una demostración de poder, una exhibición de límites, una advertencia con dientes: tirémonos pasito.
Les confieso algo: más que una amenaza, para mí, esto tiene tintes de traición. Una traición a los ideales que muchos de los que hoy acompañan al presidente han enarbolado durante décadas. Una traición a los liderazgos truncados con los que desangraron la patria en los años precedentes. Una traición a la palabra progresismo, a la ilusión del cambio, a la esperanza de un nuevo camino.
En medio de un país temeroso, al mando de una Nación herida; con un precandidato presidencial de la oposición luchando por su vida; con una inseguridad rampante y una desesperanza generalizada, el presidente de la República no ha soltado su bandera de guerra a muerte. Por el contrario, la iza cada vez más alto, con un grito cada vez más preocupante.
Eso sí, los cantos esquizofrénicos de sirenas extremistas, que quieren convencernos de una hecatombe inevitable, se deleitan con este caos. Yo sigo confiando en que en marzo, mayo y junio de 2026 iremos a las urnas. Más aún, confío en que el 7 de agosto habrá una entrega serena y democrática del poder. Pero no puedo negar la desazón, el sinsentido que deja un acto de semejante desvergüenza, de semejante indiferencia.
Indiferencia, sobre todo, hacia las víctimas: esos ciudadanos que solo sirven para el proselitismo, y que camuflan luego tras la frialdad de cifras y estadísticas grises.
Presidente, a usted, que tanto le gusta recordarnos los derechos, atributos y dignidades que le confiere nuestra Constitución, le vendría bien recordar que usted es, por encima de todo, el símbolo de la unidad nacional.
Actúe como tal. Sobre todo ahora, cuando —como usted mismo lo ha dicho— su gobierno tiene el sol a sus espaldas.
Gánese un lugar más digno en la historia. Esté a la altura de la oportunidad única que el destino le concedió, y que les fue negada a tantos y tantos líderes de nuestra desesperanzada vida republicana.
Gobierne, de una vez por todas.
Ánimo.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/