Florecen

Para escuchar leyendo: Seré guitarra, Marta Gómez.

En la esquina imponente, quizás la más antigua de la plaza, un cartel blanco se para frente a los edificios de poder y al punto de encuentro de los caminantes para enrostrarnos la tragedia que se anidó allí, hace 40 años, cuando perdimos todos.

En letras negras, como el luto intenso de aquel dolor interminable, la Casa del Florero nos recuerda que esos dos días de aquel noviembre maldito ellos no fueron museo. Porque esos dos días no fueron museo, así como el Estado no fue guardián, ni la guerrilla fue pueblo, ni el Ejército fue heroico. Esos dos días fueron, todos ellos, piezas silentes unas y atronadoras otras, de un rompecabezas que tenía por imagen la desgracia y el horror.

Está el letrero colgado ahí, enfrente de un edificio moderno que se emplaza sobre las sombras de aquella tragedia, donde muchos de nuestros mejores compatriotas caminan bajo el ejemplo de los ausentes. Está ahí, frente a un Congreso que le da la espalda a la Catedral y donde sus miembros casi siempre se la dan al pueblo. Está ahí, donde hace unas semanas todos volvíamos a mirar, de cierta forma, a preguntarnos —como lo decía, como sirirí, la columna de hace ocho días— cómo fuimos capaces de caer en tanto horror. Más aún, qué fue lo que pasó, dónde están los ausentes, cómo reparamos a las víctimas. Sobre todo: ¿para cuándo la justicia?

Está sobre los maderos del balcón por el cual se asomaron varios de los sobrevivientes, desde el cual nos miraron por las cámaras que cubrieron el horror, bregando, sin saberlo, a dejarnos testimonio de que vivieron, que no cayeron dentro del Palacio, que su muerte no fue la de la versión oficial que nos dieron los que estaban defendiendo la democracia, maestro.

Amigo lector, ese letrero está debajo de un techo que se dobla como lo hacían los techos coloniales cuando sus formas eran de esquina. Ese letrero está debajo de un techo donde hoy, cuarenta años después del Holocausto, se alzan, sorprendentes, unas flores amarillas que supieron florecer por entre las grietas de ese viejo tejado. Que florecen como mensaje claro: la vida nace, la vida gana, la vida sabe de levantarse, la vida sabe de esa santa terquedad que guardan los justos que confían en que luego amanece; después de todo, amanece.

Amigo lector, en la Casa del Florero de Llorente, encima del balcón donde decenas de desaparecidos fueron vistos por última vez, un puñado de flores supo hacerse espacio para vivir. ¿Cuándo, como nación, le daremos los mismos espacios para que florezcan la verdad y la justicia por entre las grietas del olvido? ¿Cuándo florecerá la memoria?

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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