Hay personas que aran y aran, pero nunca cosechan; algunas, que entre más oyen, menos escuchan; y, otras, que entre más conocen, menos comprenden. Todo lo anterior ha pasado con Sergio Fajardo en su intención de ser presidente en la última década. Perder se le ha vuelto cuestión de método, porque ha elegido los caminos equivocados.
Fajardo no entiende –excusen el uso reiterativo que haré del término– que la Medellín que gobernó ayer no es la misma de hoy; y que Colombia no es igual a la Antioquia que administró. Por eso no debe hacer campaña de la misma manera ni pretender gobernar de la misma forma.
Sergio vive fuera de tiempo y de lugar, en una desconexión tremenda con la realidad. Instalado en el pasado, no puede pretender liderar el futuro de los colombianos con claridad.
Se nota en sus discursos, entrevistas y conversaciones. Son sosas, aburridoras; con respuestas, aunque honestas, prefabricadas. Sus salidas en redes son forzadas: no se parecen a él. Y no es solo cuestión de forma –como cree la mayoría– sino también de fondo.
No ha entendido –o por lo menos no ha incorporado en su propuesta de gobierno– que la prioridad de este país es combatir la desigualdad social y la exclusión, como lo han reconocido hasta dirigentes empresariales representativos del establecimiento, como Juan Carlos Mora, presidente de Bancolombia, en una entrevista reciente en A Fondo con María Jimena Duzán.
Al contrario, y so pretexto de que, según algunas encuestas, es la principal preocupación de los colombianos, su apuesta bandera es por la seguridad y el orden público, como aparece literalmente en los dos primeros banners de su sitio web: “Recuperar la fuerza pública será la prioridad de mi gobierno. Sólo con una fuerza pública sólida reconstruiremos este país”. Y acto seguido, en el tercer y último banner, un apéndice: “Acabaré con la impunidad de los corruptos”.
¿Cómo es posible combinar esto? Con todo lo que ha andado y gobernado, no se ha dado cuenta de que la corrupción en las fuerzas públicas es endémica y de las más difíciles de erradicar. Tampoco entiende Fajardo que buena parte de la plata gastada en milicia se pierde, por corrupción o porque la relación costo-beneficio es mínima; que es casi siempre un gasto y casi nunca una inversión.
Igualmente propone, como garante de la tranquilidad y de la paz, un Estado fuerte soportado en una fuerza pública sólida. No comprende que mientras no se erradiquen las causas de la violencia y se combata, a fondo, la desigualdad, no habrá fuerza pública que valga. Salvo que instaure un régimen autocrático, de miedo y terror, como el de Bukele en El Salvador, que funciona a corto plazo, pero que es una bomba de tiempo social y el germen de una violencia más atroz.
Pero, aún si cree que la seguridad es la prioridad, y que la inseguridad es más causa que síntoma de nuestros males mayores –la desigualdad, la corrupción y la polarización–, Fajardo no asimila que esta es una bandera que nunca le podrá quitar a la derecha. Será al Centro Democrático, que ahora posa como moderado, o del ultra de De la Espriella, que promete un “ejército democrático” y “destirpar” a la izquierda radical para agradar a la derecha reaccionaria, con la que se identifica, así una parte sea paramilitar y corrupta.
La seguridad tampoco ha sido el fuerte de Fajardo. Aunque son falsas las acusaciones que le hacen de consentir la “donbernabilidad” en Medellín –término utilizado en alusión al control paramilitar que alias «Don Berna» ejerció en la ciudad–, tampoco es cierto que el manejo de su gobierno de la reinserción haya sido ejemplar y transparente, como presume. La historia ha probado que no hubo soluciones estructurales desde su Oficina de Paz y Reconciliación, y por eso la mayoría de reinsertados terminaron reciclándose en otras estructuras delincuenciales.
Esto le debería servir de lección para entender que los problemas de seguridad no son fáciles de solucionar a través de la fuerza estatal, y menos cuando se enfrenta a estructuras delincuenciales transnacionales como las que ahora operan en el país. La estrategia debe ser más preventiva que curativa, sin renunciar a la fuerza, cuando corresponde.
Lo paradójico es que, como alcalde y gobernador, Fajardo se caracterizó y destacó, además de su apuesta por la educación y su lucha contra la corrupción, por la inversión en urbanismo social y sus políticas de dignidad, equidad e inclusión. ¿Por qué cambia ahora estas banderas por las de la seguridad? La mejor forma de no traicionar a los demás es no traicionarse: gane o pierda con las suyas.
No creo que el clamor colombiano en las encuestas sea la principal razón. Intuyo que pretende ahora ganarse el favor –y los votos– de la poca derecha a la que le fastidia De la Espriella, que tampoco es suficiente para ganar. Sigue sin entender Fajardo que su principal enemigo ha sido la derecha y no la izquierda ni el petrismo al que se ha dedicado a satanizar en esta campaña.
La derecha, que va a regresar al poder después de haberlo perdido por primera vez en 200 años de hegemonía, es la menos afanada en alternarlo y la más interesada en perpetuarse. Para ellos, Fajardo representa su principal amenaza porque no lo pueden convertir, como a Petro o a Cepeda, en el coco: en el fantasma socialista.
No entiende Fajardo que, aunque la mayoría de colombianos se identifican hace años con el centro político –como lo refleja la encuesta de Cifras y Conceptos publicada el diciembre pasado con un 45%– no encuentran un partido ni un candidato que los represente para votar por él.
El problema no es solo ni principalmente de fragmentación y desorganización electoral, como lo interpreta César Caballero, presidente de Cifras y Conceptos. El asunto, insisto, es de más fondo: no existe un proyecto ni una ideología de centro, que se defina más por lo que es y no tanto por lo que no es, para poder diferenciarse claramente de la izquierda y la derecha.
Se necesita, entonces, una ideología y un proyecto político propio del centro, como lo he expuesto en otras columnas en este medio y lo he tratado personalmente con el propio Sergio.
Un proyecto que incluya, entre otras, ideas y propuestas como el privilegio del diálogo sobre la fuerza en los conflictos –contrario a la apuesta actual de Fajardo–; el fortalecimiento de la clase media para reducir las desigualdades; el fomento del llamado capitalismo consciente, de economías solidarias y de nuevas economías, como las del deporte y el entretenimiento, para hacerle frente a las amenazas de la IA, a la avaricia del capitalismo financiero y a los subsidios paternalistas de los populistas.
Fajardo tiene una gran capacidad de entendimiento, como ha quedado demostrado en su éxito profesional y como gobernante. No obstante, como nos pasa a todos, ha caído en algunas trampas de la comprensión, sesgadas y cegadas por el ego. Una de ellas es no entender que hay cosas que uno no entiende, y la otra es no entender por qué los demás no entienden.
Cuando se cae en esas trampas, culpamos a los otros de nuestros fracasos y perdemos pragmatismo. A Fajardo le está pasando algo similar que lo sucedido con su amigo y copartidario Jorge Robledo cuando aspiró a la presidencia y a la alcaldía de Bogotá. Robledo tenía claro que la mayoría de los colombianos somos políticamente incultos –en lo que estoy de acuerdo– pero su discurso era refinado –en esto se diferencia de Fajardo–, para unas minorías que lo entendían y lo votaban, pero insuficientes para ganar. Pensaron como nunca y perdieron como siempre.
Así es Fajardo, prefiere tener la razón a ganar, y no es que lo deba hacer a cualquier precio. Si escuchara y aceptara los límites de su entendimiento, ganaría mucho. Pero no lo va a hacer, y los fajardistas que lo rodean, muchos de ellos amigos míos, no le ayudan, porque son, en buena parte, muy parecidos a él: un círculo cerrado del mutuo elogio y sensibles a la crítica, que se consuela inculpando a los demás de sus derrotas.
Fajardo debe entender que la superioridad moral e intelectual no se decretan, ni con títulos de doctorado: se demuestran en la cancha, en este caso, ganando, como lo hizo en Medellín y Antioquia, pero con otra estrategia, porque el terreno y la tribuna son diferentes.
Nunca en sus aspiraciones a la presidencia ha tenido mejores condiciones para ganar. Por una parte, hay un país que hará “lo que sea” para que no repita la izquierda; por otro lado, un candidato de derecha que genera zozobra como Abelardo De la Espriella, y otra sin suficiente ascendencia y respaldo en su partido como Paloma Valencia.
La próxima presidencia de Colombia se definirá en primera vuelta, porque si hay segunda –que hoy creo posible–, no será sino para refrendar la derrota de la izquierda. Lamentable que, por falta de humildad, entendimiento y conexión, un tipo decente y buen gestor como Fajardo –a quien he apoyado y votado–, nos deje al garete de un patán como De la Espriella.
Si quiere acabar con la impunidad y los corruptos, que empiece por derrotar a “El Tigre”, antes de que nos coma vivos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/