El experimento de los Estados Unidos de América fue y sigue siendo tan improbable como fascinante. Seguramente porque fui educado en un colegio gringo, y por profesores norteamericanos que se aventuraban a venir a la Colombia de los 80s y 90s, me metí desde muy joven a entender la historia y el ADN de ese inmenso y complejo país. Llegué a él leyendo a Whitman, Hawthorne, Emerson, Thoreau, Poe, Melville, Dickinson, Longfellow y Faulkner, entre otros, y por ende aprendí a verlo desde muchas perspectivas. En su literatura había oscuridad, aislamiento y violencia, pero también comunidad, solidaridad, futuro y esperanza. Tuve la suerte, también, de que mis profesores de historia nunca disimularon las profundas grietas, incoherencias y vacíos que se escondían detrás de las bellas letras y discursos de los “padres fundadores” en la Declaración de Independencia de 1776 y luego en la Constitución de 1787.
“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables, entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”, escribió un esclavista que tuvo hijos con una esclava negra y que murió endeudado hasta los tuétanos. La historia de EU está plagada de episodios dolorosos absolutamente contrarios a las “verdades evidentes” de la Declaración de Independencia, pero también es cierto que esas palabras han servido de guía y de norte para la búsqueda y concreción de modelos y proyectos de país humanistas y verdaderamente progresistas (en el sentido profundo del término, no como eslogan electorero).
Pero la genialidad de los señores blancos que se imaginaron la primera democracia liberal no está en la enunciación de derechos, sino en la certeza de que para asegurar estos derechos se necesitaba un Estado organizado en tres ramas del poder las cuales se controlarían y balancearían (checks and balances) de acuerdo con la Constitución y la ley. “Al organizar un gobierno que ha de ser administrado por hombres para los hombres, la gran dificultad estriba en esto: primeramente, hay que capacitar al gobierno para mandar sobre los gobernados y luego obligarlo a que se regule a sí mismo«, escribió James Madison en El Federalista. Los padres fundadores, felices de abolir la monarquía, no se ilusionaron con la democracia porque conocían bien al hombre. Se conocían bien a sí mismos, y por lo tanto se esforzaron por poner trabas y talanqueras para el ejercicio del poder y para evitar su concentración.
249 años después de separarse del Reino Unido, EU vive una crisis política profunda. No es la primera ni la más grave (el debate sobre la esclavitud propició la secesión transitoria de los Estados sureños y se llevó cerca de 700,000 vidas), pero amenaza con destruir la arquitectura institucional perfeccionada por gobiernos y cortes durante años y, consecuentemente, con los derechos que promovían y defendían. Hoy en la “tierra de los libres” puedes ser capturado y deportado por promover una manifestación a favor de Palestina y en contra de los crímenes del gobierno israelí. Quienes desean ingresar al país deben tener claro que los agentes de inmigración pueden revisar sus redes y negarles la entrada por opiniones críticas acerca del presidente. Los venezolanos que ingresen sin permiso o permanezcan después de que este expire, y tengan tatuajes, serán detenidos y deportados a una prisión de máxima seguridad en El Salvador o a la prisión militar en Guantánamo y procesados como miembros de una organización criminal. Las universidades que permitan o auspicien movilizaciones que no le gusten al gobierno perderán cualquier apoyo para sus investigaciones. Los periodistas y medios críticos del presidente serán vetados (la AP por no aceptar el “Golfo de América”) y las oficinas de abogados que lleven procesos contra el gobierno serán perseguidas y apartadas de contratos federales.
El sistema de frenos y contrapesos ha perdido dos de sus actores. El gobierno federal ha perseguido y despedido a funcionarios que han investigado al presidente y se han cerrado casi todas las auditorías internas convirtiéndolo en una institución 100% a órdenes de Trump. El congreso por su parte, con mayorías trumpistas en ambas cámaras (el partido republicano es hoy en día el partido de Trump), es un apéndice del ejecutivo.
Solo quedan los jueces. A la fecha van cerca de 160 demandas contra las órdenes ejecutivas del Gobierno Trump. Jueces y tribunales han suspendido temporalmente 46 e incluso la Corte Suprema de Justicia, con una “supermayoría” conservadora de 6 magistrados, ha tomado dos decisiones contrarias al gobierno (pagos de USAID y la protección de un auditor). Obviamente la reacción del presidente y sus funcionarios ha sido rápida y furiosa. Trump exigió que un juez fuera procesado siendo rápidamente confrontado por el presidente de la Corte Suprema y sus voceros han dicho que si un pobre juez puede bloquear las acciones de todo un presidente eso es el fin de la democracia. ¡Todo lo contrario! El experimento de EU, imperfecto como todos, está corriendo peligro. Entre el agresivo e implacable ataque del trumpismo al Estado de derecho, a la prensa y a las libertades individuales, y el poder cómplice y titánico de las empresas de tecnología con sus algoritmos manipuladores, puede que haya muy poco espacio para un sistema verdaderamente democrático y liberal. Eso, a pesar de lo que digan los “antiimperialistas” y los yanqui haters (¿por qué no odian a los confederados?), es una mala noticia para el mundo.
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