En la era del espectáculo, la política terminó acorralada por la estética. Y no hablo aquí de la estética en su acepción clásica —la de lo bello, lo sensible y las percepciones—, sino de su preocupante mutación: el uso de los sentidos para delimitar el poder. Como hoy todo se reduce a la experiencia personal, a la realidad moldeada por algoritmos, caímos en la trampa de que solo tiene cabida lo que mi percepción valide.
La estética se convirtió en la nueva forma de organizar la sociedad.Todavía resuena aquel trillado reclamo: ‘es que a mí no me gusta que no use correa’. También hemos escuchado ‘corroncho catrejijueput*’ para descalificar al candidato que se atreve a usar mocasines sin medias, o hacerse a la idea de un candidato por la apariencia de su dentadura.
En días recientes, una declaración de la periodista Ana Cristina Restrepo levantó ampollas por su juicio estético sobre la celebración de los seguidores del electo presidente Abelardo de la Espriella, al equiparar el festejo con las dinámicas de los años noventa en torno a las celebraciones de los capos del narcotráfico.
Más allá de que la comparación sea a todas luces desproporcionada y anacrónica, lo verdaderamente sintomático es el refugio en lo estético — que no es sinónimo de superficial— cayendo en una misma espiral que degrada el debate público.
El problema es que el análisis se detiene en los sesgos ideológicos, de clase o, simplemente, en las percepciones personales que le permiten atribuirse la autoridad para dictaminar la ‘calidad’ o ‘vulgaridad’ del acto del otro.
La política, antes de ser un debate riguroso de visiones económicas y de escalas de valores, cada vez parece circunscribirse a un filtro que permita determinar qué se puede ver, qué se puede escuchar y quién tiene el derecho a ser incluido en el debate público. Para esta nueva caterva da igual si la juzgada es una vecina, una periodista o una artista como Karol G.
Este no es un espacio para defender la atarbanería, ni la ligereza; es, por el contrario, una alerta sobre los riesgos de la estética como garante ideológico. Colonizar la estética en la política es, en el fondo, adueñarse de lo público. Es arrogarse un silencioso derecho de admisión para la democracia, porque si antes de considerar las ideas del otro lo pondero con mis concepciones estéticas, estoy deponiendo la razón al like de mis propios sesgos.
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