Este mes, hay que ser el perro

En octubre del año pasado me encontré un perro en camino para el gimnasio. Pasaditas las seis de la mañana el carro delante del mío casi lo atropella y, al esquivarlo, tumbó a dos motonetos que andaban por la berma de la derecha a toda velocidad, como es de costumbre en este país. Al escuchar el estruendo el perro huyó. Y aquí estoy ahora, casi ocho meses después, sacándolo todos los días para que haga pipí en el jardín.

El día después del 31 de mayo fue un día como cualquier otro: suena la alarma, saludo a Rocky, le pongo su arnés, me pongo los zapatos, y lo guío a la puerta de la casa para que no siga orinando la terraza ni las paredes. Pero ese día, cuando él olfateaba cada brizna, matorral, hormiguero y guayaba que colgaba del árbol, recordé que el olfato de los perros puede ser hasta cien mil veces más sensible que el de nosotros los humanos. Podemos caminar el mismo camino, dormir en la misma cama, observar las mismas plantas, incluso olfatearlas, y nunca podremos comprender a lo que huelen realmente. Nunca podremos entender del todo nuestra pequeñez en el mundo que habitamos. Pero Rocky sí. Y encima de todo, decide donde orinar y marcar territorio cual Dios todopoderoso.

Lo mismo pasa hoy en Colombia. Y aquí hablo con completa transparencia: yo, que juré nunca apostarle al proyecto político del Centro Democrático, terminé votando por Paloma Valencia. Y no una, sino dos veces. En la consulta y en la primera vuelta presidencial. Antes y después de Juan Daniel Oviedo. 

El tema es que además fui una de las pocas. Más específicamente, una de 1’625.563. Y mis razones fueron específicas, tanto pragmáticas como programáticas, resumidas en el simple hecho de que sí me sentí realmente representada por ella durante la campaña.

Como me recordaron algunas personas en redes sociales, yo, que soy una periodista de paz, ¿cómo se me ocurre? ¡Qué desinfle! Yo que escribí una tesis de maestría entera sobre cómo las AUC utilizaron violencia sexual y reproductiva contra las mujeres – en muchos casos auspiciados por agentes del Estado – ¿cómo voy a votar por la discípula de Álvaro Uribe Vélez? Desastroso. ¡En vez de apostarle a un proyecto progresista!

Me reservaré mis respuestas a esos cuestionamientos para otro momento. Pero ante el escenario que ahora enfrentamos, en donde dos candidatos por los que también juré nunca votar se insultan, incitan y violentan, me pregunto si esta vez tengo que ser el perro. Si, a diferencia de hace cuatro años cuando voté en blanco como símbolo de rebeldía contra el conformismo, esta vez debería simplemente escoger donde alzar la pata y orinar entendiendo la magnitud de lo que suponen los dos extremos.

Mis prioridades, en orden, son: el respeto a las instituciones y a la Constitución de 1991; apoyo al sector privado y a emprendedores sangrantes post-Petro; una política estratégica, interseccional y nacional para combatir la violencia de género; relaciones bilaterales basadas en el respeto tanto de la soberanía como de la diplomacia clásica; respeto absoluto por los derechos humanos y la libertad de prensa; apoyo por parte de la rama ejecutiva a tanto la JEP como a Justicia y Paz (que, por cierto, cumple 21 años en julio sin mayores resultados tangibles); el endurecimiento del sistema de justicia; y el replanteamiento absoluto de la reforma a la salud.

Como le debe ser evidente, ni Iván Cepeda ni Abelardo de la Espriella cumplen con todos mis requisitos. De hecho, diría que no cumplen ni con la mitad.

Me dicen que vote por quien quiera, pero no por Cepeda. Que en vez de depositarle mi voto a de la Espriella, piense que estoy escogiendo a José Manuel Restrepo (el mismo que propone la contratación por horas). Y mientras tanto, imágenes racistas y clasistas, y en tono de burla que comparan al señor Restrepo con Aida Quilcué – bajo la excusa de querer un debate entre ambas fórmulas vicepresidenciales – inundan mis redes sociales.

En la situación del perro que orina, ambos extremos son el humano; incapaces por sesgos tanto naturales como heredados, por entornos, miedos y arrogancia, de ver la entereza de la situación. Me atrevería a decir que son muy pocos los militantes de Fuerza por la Patria o del Pacto Histórico que podrían dimensionar la cosmovisión del otro. Y claro, tampoco se lo preguntan.

Total, mi pregunta es, ¿deberíamos este mes ser el perro? Aun entendiendo, ¿orinar sin mayor consecuencia?

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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