Hay un cuadro que me gusta mucho. Lo pintó el holandés Pieter Brueghel, a quien, para diferenciarlo de los Brueghel de su descendencia, lo llamaron el Viejo. La pintura se llama El triunfo de la muerte, un óleo sobre tabla que tiene más de cinco siglos de existencia.
La obra es una visión del día del juicio final. El mundo, como fue concebido, ha llegado a su fin y la parca ha ganado la última batalla. Allá, en el horizonte, se ven columnas de humo sobre el mar, donde arden barcos y se adivinan naufragios. Detrás de las montañas, el reflejo del fuego arrasador pinta el cielo de rojo.
Sobre un promontorio, un par de calaveras tañen las campanas anunciando eso, el fin. O comunicando a sus congéneres —los cientos de esqueletos que pueblan la tabla, pintados con esmero— que es el momento de actuar, y estos actúan. No hay lugar donde ponerse a salvo. Allí ahorcan a uno. Allá decapitan a otro. Acá un ejército de osamentas carga contra la multitud. Aquí degüellan. Acullá persiguen, asaetean, queman, acuchillan, entierran, lancean, segan, cazan…
Hay tres, quizá cuatro personajes que resisten, espada en mano. Un par de pie, otro caído. Uno más aún no desenvaina, quizá duda si vale la pena hacerlo ya. Una pareja se refugia en el arte: él tiene un laúd, ella lee algo, quizá un poema. Pero todo está perdido.
Se esconde el bufón, agoniza el rey, muere el poderoso, muere el pobre, para nada le sirve su riqueza el rico ni los rezos al religioso.
No se lo esperaban, se nota: hay una mesa servida y en el piso hay un juego de dados empezado. El fin los ha tomado por sorpresa.
Lo pienso y sí preferiría que el fin de la humanidad fuera así como lo pintó Brueghel el Viejo: que de pronto todo se fuera al carajo sin más qué hacer que abrazarse si tienes con quien y esperar que acabe rápido.
El asunto es que no, porque este acabose está siendo lento y subrepticio. La última semana de enero nos enterábamos, por ejemplo, de que el planeta entró en la era de la bancarrota hídrica global. Ya hay ecosistemas donde es imposible recuperar el agua perdida. Ve tú y bebe el polvo de esta tierra exprimida.
Pululan aquí y allá la estulticia, el negacionismo, el racismo y las fobias que niegan la esencia de lo humano. Si durante un corto tiempo de esto que llamamos civilización dio pena ser racista y xenófobo, eso ya ha quedado atrás. Hoy se celebra a quienes exhiben, sin pudor ni vergüenza, su intolerancia.
Hoy hay gente feliz recorriendo veloz el camino al despeñadero, por el que vamos todos, pero algunos no tenemos afán de llegar adonde se acaba la vía. Otros, en cambio, prefieren acelerar. Si se actualizara el cuadro no habría gente huyendo de las calaveras, más bien recibiéndolas, abriéndoles las puertas, alzando los brazos para saludar a la muerte que se les viene encima, no porque tengan un instinto suicida, sino porque no han reconocido el peligro y lo celebran, se ríen con él. Los más sagaces piensan que no será con ellos, que el ejército de calaveras pasará de largo porque, por supuesto, votaron por el esqueleto que los manda, que era el candidato que demostró ser muy capaz de seguir la senda de los que han creado este infierno que llamamos Tierra.
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