Esos pobres ricos

Balenciaga lanzó hace unos años una línea de zapatos rotos que valían 1,850 dólares, y de “bolsos” inspirados en bolsas de basura a 1,400 euros. Esta tendencia, conocida como “poverty chic” imita la pobreza, a pesar de que termina vendiendo literalmente harapos a millones de dólares. También existe el turismo de pobreza, en el que los viajeros (por lo general de países desarrollados) va a observar a gente de los barrios más pobres de algunas ciudades como Río de Janeiro, Ciudad del Cabo o Calcuta, para ver cómo viven.   

Desde hace tiempo oímos comentarios inconscientes como «el pobre es pobre porque quiere» o «la pobreza es mental», frases huecas e inconscientes con las que se atacan a las personas más humildes porque, según estos comentarios, no han hecho el esfuerzo suficiente para ser exitosos, por lo que cualquier reclamo que hagan no es válido, y cualquier situación de necesidad queda invisibilizada ante este discurso.

Casos como estos intensifican esta visión sobre la pobreza. Es un fenómeno en el que el rico es pobre porque quiere, porque es una mera experiencia en la que van a ver a gente pobre como si estuvieran en un safari o tratando de emularlos ya sea por una sensación de culpa por tener más que ellos, ya sea por puro morbo de saber cómo viven, etc.

Hasta ahora no he visto gente caminando por la calle con bolsas de basura de millones de dólares ni haciendo tures por Niquitao, pero de cierto modo esa romantización de la pobreza y esa condescendencia hacia los marginados está muy presente, sobre todo ahora que estamos en época de elecciones:

La semana pasada Vicky Dávila fue tendencia la semana pasada por vestirse como mujer wayuu y salir en un video ordeñando una vaca. La ahora precandidata presidencial aparece haciéndole un homenaje a los pueblos indígenas y a los campesinos cuando nunca se había interesado por ellos en el mejor de los casos, o los señalaba como una amenaza, sin tratar de analizar sus condiciones de vida, las necesidades que tienen y el abandono estatal al que estos grupos están expuestos.

Por otro lado, vemos al presidente Gustavo Petro, quien, en un discurso afirmaba que los hombres pobres roban los celulares “para regalárselos a sus novias”.

En ambos casos hay una banalización hacia la gente humilde, que lo único que logra es mantener estigmas y provocar morbo. No hay un interés genuino, no hay una comprensión, solo expone a la gente como una atracción.

Estos pobres ricos, mirando por encima, tratando de verse empáticos y solidarios cuando lo que más hace falta en estas declaraciones es algo básico para hacer política: decencia.    

La pobreza, la marginación, no son fenómenos para acercarse sólo como una moda, ni cuando más les conviene ni tratando de justificarlos de maneras pendejas, sino con rigor, con análisis y propuestas profundas para que haya cambios y soluciones reales. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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