“Alerta naranja en el volcán geopolítico”, parecen vaticinar los medios de comunicación y las redes sociales (¿profetas posmodernos?) con un afán sospechoso, como si los moviera una emoción oculta por salir de esa alerta amarilla propia de la guerra permanente y nunca declarada de nuestro tiempo.
No voy a negar mi temor a la supuesta escalada, al juicio final que, además, se me presenta en sueños en forma de misiles que caen sobre Bogotá y hacen temblar las ventanas de mi apartamento (todavía se me hacen inconcebibles los videos de los misiles cayendo en Caracas con el canto de una parranda de loros de fondo y el verde, ese nuestro tan conocido verde de los Andes, amenazado por el anaranjado infernal de la explosión, tan de otra parte), pero todavía no me adhiero a la alerta naranja ni a la posibilidad del rojo, y mucho menos a la aromática posibilidad de la alerta verde, esto es, la ausencia de cualquier riesgo.
Prefiero ese amarillo color desesperanza.
Entiendo la guerra, contra todo analista experto, politólogo e intelectual, como la descomposición del color y la palabra. En ese contexto, para bien o para mal, pero en cualquier caso, contrario a los clichés —propios también del contenido recalcitrante y sin esqueleto de las redes sociales—, habito la desesperanza. Una desesperanza que, como lo pone Juan Esteban Constaín en el prólogo de Las empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, “no es el pesimismo ni el desánimo, no es la renuncia a la vida ni es la amargura. No. La desesperanza es la certeza de que ‘el hombre es un problema sin solución humana’”.
Pasados algunos días desde lo sucedido en Venezuela (sin desconocer la amenaza de Trump a Colombia o lo que pasa en Irán), esa amarilla comprensión me ha ayudado a seguir caminando al entender y abrazar mi triste incompetencia para salvar el mundo. Me agoté de la obligación —también recalcitrante— de escoger rápidamente dónde pararme cuando el suelo arde y actuar en consecuencia.
“Nada tiene consecuencias, y nada es verdaderamente importante: al final todo es lo mismo. Lo único que hay que hacer es salvarse a uno mismo de todo eso lo mejor posible”, concluía Pierre Bezújov después de su militancia masónica, política y humanitaria en Guerra y paz de Tolstói. Decido renunciar a salvar el mundo porque reconozco que no tengo la menor idea de cómo se hace. No tengo idea de qué significa y me asusta todo aquel que afirma con mucha certeza que sabe cómo hacerlo; esos mismos que ponen la esperanza, vestida de verde, en algún lado (en la llegada de helicópteros o misiles, por ejemplo). La descomposición de la palabra…
Ya lo decía el Gaviero en una de sus historias narradas al atardecer o bajo una lluvia de estrellas: “Estos intentos en que se empeñan los hombres para cambiar el mundo los he visto terminar siempre de dos maneras: o en sórdidas dictaduras indigestadas de ideologías simplistas, aplicadas con una retórica no menos elemental, o en fructíferos negocios que aprovechan un puñado de cínicos que se presentan siempre como personas desinteresadas y decentes empeñadas en el bienestar del país y de sus habitantes. Los muertos, los huérfanos y las viudas se convierten, en ambos casos, en pretextos para desfiles y ceremonias tan nauseabundas como hipócritas. Sobre el dolor edifican una mentira enorme”.
En esa encrucijada que lo sucedido en Venezuela les plantea tanto a izquierdas como a derechas, me termino de dar cuenta de la estupidez que atraviesa a cualquiera de las dos; del único logro cierto e irrefutable de ambas: la instalación de la mirada del odio hacia el otro que no pertenece a su lugar. “Para el espíritu de nuestro tiempo, o tiene razón Ana o tiene razón Karenin, y parece molesta e inútil la vieja sabiduría de Cervantes que nos habla de la dificultad de saber de la inasible verdad”, escribe Milan Kundera en El arte de la novela.
Me cansé de luchar (o pretender hacerlo) y someterme a un escrutinio de mis valores por parte de amigos o familia. Me rehúso a poner barreras por posiciones políticas. Siempre se puede hablar de otra cosa. Lo contrario sería reforzar esa imposibilidad de diálogo que nos encierra en nuestras posturas y nos convierte en fríos compartimentos estancos, vacíos, ridículos e incapaces de la palabra. Solo capaces del misil o del meme en un monótono reel. Solo capaces de la guerra.
¿No es típico de una sociedad totalitaria exigir el control sobre la vida privada, sobre los pensamientos, sobre las palabras?, ¿exigir tomar postura a toda costa?, ¿poner la esperanza en algún lado? “La sociedad totalitaria, sobre todo en sus versiones extremas, tiende a abolir la frontera entre lo público y lo privado; el poder, que se hace cada vez más opaco, exige que la vida de los ciudadanos sea cada vez más transparente”, insiste Kundera. La descomposición del color…
Me adhiero al desorden, a la incoherencia y a la duda recurrente propias de la desesperanza como último recurso para preservar lo que queda del color, contrario a la ridícula y plástica transparencia, así como a la palabra hecha duda, hecha poesía, hecha misterio, tan diferente a la que se escribe sobre piedra y se defiende con machetes, pistolas, historias y misiles.
(Por ahora).
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