Para escuchar leyendo: El Mejoral, Rafael Escalona.
Solamente es fútbol. Una y otra vez me lo repetían: solamente es fútbol. Era cierto, en parte, y ahí estaba yo, abrazando una tristeza profunda después del último penal, cuando todo estaba consumado.
Nunca una derrota futbolística me había dolido tanto, nunca un equipo me había aporreado tan hondo. Es que era solo fútbol, pero detrás del fútbol está el mundo mismo, nuestra forma de vivir, nuestro sitio en la historia y lo que somos.
No voy a hablarles de tácticas o de identidades en el fútbol (que la tenemos, carajo: la pelota siempre al 10). Hablo de lo que somos, del reflejo de un país que existe a pesar de sí mismo. Hablo de una Colombia que abraza la derrota con ternura, que viste la mediocridad de tricolor y aplauso, que le echa la culpa a Dios y a sus designios de aquello que no conseguimos.
Apenas unas horas antes veíamos a una selección dar vuelta, en diez minutos, a un resultado que la eliminaba. Y resulta que esa selección es la campeona del mundo y bicampeona de América: es el hambre de gloria después de la gloria. Unas horas antes de nuestro fracaso, unos vecinos nos mostraban su forma de entenderse en el mundo. Ellos sonaron a milonga nostálgica que evoca la grandeza de una metrópoli compuesta en un arrabal porteño; nosotros, a un pasillo lento, conforme con ver una golondrina volar sobre Los Andes. ¿Se entiende a dónde voy? Que ellos, en un conventillo de mala muerte, se sueñan reyes de Nueva York, y nosotros nos resignamos porque sufrir nos tocó en esta vida. ¡Qué vocación de mártir, hermano!
¿Cómo no nos va a doler, carajo? ¿Cómo van a pretender que aceptemos la mediocridad como eje fundacional de nuestra nación? Siempre el casi, el centavito pa’l peso, el dejar todo en la cancha y ver qué pasa porque así lo quiso Dios. A este país se le fundó con la idea del trabajo dignificante y del pan que daba Dios, fruto del trabajo de los hombres. ¡El que no se esfuerce que no coma!
No me vengan ahora con excusas ni con falsos merecimientos. La selección representó como nunca nuestras ambivalencias: la injusticia, la doble vara para medirnos, los intocables, la falta de autocrítica, la incapacidad de manejar la presión. Sobre todo, la falta de ambición colectiva, la ausencia de liderazgos, nuestra predisposición a dejar todo empezado y a no ser capaces de emprender quimeras, sueños grandes para vencer imposibles.
A este país se le olvida que de alguna manera conquistó Los Andes, y se conformó con su imagen simpática para ocultar sus tragedias. Estoy cansado de la mediocridad como lenguaje de nuestra tierra. No me digan que estamos condenados al casi. No me cabe en la cabeza que esta idiosincrasia efervescente y pasional solo sepa expresarse en un estallido violento, y que seamos incapaces de encauzarla como motor de la gloria.
La derrota no fue de un equipo: este dolor es el de un país. Y ante tantos casi, una cita de la Biblia me da vueltas: «No hay dolor como nuestro dolor».
¡Ánimo!
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