Epígono de Mussolini

Hace un par de meses vi la serie M, el hijo del siglo, inspirada en la novela del italiano Antonio Scurati. En ella se narra el vertiginoso ascenso de El Duce, un hombre que empezó siendo un político menor, director de un periódico incendiario, que hacía estragos en las calles con la patota que fue la génesis de los Fasci italiani di combattimento. Mussolini era un epígono violento de Gabriele D’Annunzio, pero no una figura de relevancia nacional. Sin embargo, su retórica de matón fue ganando adeptos en un país humillado por la posguerra y frustrado con una monarquía constitucional incapaz de contener el caos social.

Ecos de aquellos tiempos llegan a nuestros días como una amenaza latente, como si el regreso de la peste fuera más posible de lo que algunos nos resistimos a aceptar. Es un fenómeno global, desde luego, pero que en estas tierras adquiere ribetes familiares y peligrosos. Pienso en un personaje que ha ganado relevancia en Medellín: el concejal Andrés Rodríguez, conocido por el alias de «Gury». Se trata de un hombre dedicado a menospreciar e incluso a amenazar en el espacio público y en el propio recinto del Concejo a ciudadanos a quienes etiqueta de guerrilleros, comunistas o terroristas. Campea impune junto a sus seguidores sin que las autoridades, los entes de control o los comités de ética de su partido pongan freno a unas conductas abiertamente antidemocráticas que rayan con el delito.

Recientemente se le ha visto repartir bates a civiles para conformar lo que llama el «Movimiento del bate», el cual cuenta ya con su propio manifiesto. Este documento construye un relato alarmista: bajo la mampara de la legítima defensa, convierte el miedo en justificación para la organización de la fuerza privada. Presenta la protesta social como terrorismo, estigmatiza a sectores sociales como enemigos internos y acusa al Estado de abandono para legitimar la justicia por mano propia. Su discurso instrumentaliza la identidad antioqueña, la figura del arriero y la defensa de la propiedad privada como recursos emocionales para normalizar la intimidación. Esta lógica desplaza la solución institucional hacia una vigilancia civil que debilita el Estado de derecho y abre la puerta a la persecución y la retaliación.

Esta forma de fascismo a nuestra medida es cuando menos alarmante. La historia colombiana está sembrada de estos experimentos: civiles armados que devienen en tragedias colectivas, camisas negras criollas que, invocando el orden, terminan por desatar el horror de la sevicia paramilitar. Quienes hoy empuñan el bate con la excusa de proteger sus vitrinas olvidan que la violencia es una fiera que nadie logra domesticar una vez que rompe su jaula. El «Gury» Rodríguez y sus seguidores repiten, quizás sin saberlo, el libreto exacto que Scurati desentraña en su obra. No hay originalidad en su barbarie; hay, en cambio, un peligroso plagio de los años veinte italianos adaptado a las laderas de nuestra villa. Nos toca a los ciudadanos, armados únicamente con la palabra y la memoria, advertir el incendio antes de que el bate deje de ser un símbolo y se convierta, de nuevo, en nuestro verdugo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar