Son días convulsos para el mundo (¿cuándo no?). No sabe uno a dónde mirar, por cuál guerra llorar. O si por todas. Hace unos días, una amiga me mandó un meme que mostraba a un joven millenial corriendo porque lo perseguían: el 9/11, la invasión a Irak, la crisis de la burbuja hipotecaria, el huracán Katrina, el auge de las redes sociales, los tiroteos en los colegios y universidades, la pandemia del COVID-19, el genocidio en Gaza, la invasión a Ucrania, y ahora una posible tercera guerra mundial (de alcance nuclear que no es lo mismo). Que fuera un chiste, pensaba. Pero todo eso ha ocurrido y aquí seguimos: soñando, viajando, leyendo, escribiendo, saliendo con amigos, teniendo hijos, creando empresas, haciendo arte, observando atardeceres, meditando, corriendo maratones y discutiendo con la familia y los amigos por política. Esto último especialmente ahora.
Somos parte de todo lo que ocurre y a la vez no somos nada de eso. La historia no sólo es ajena al tiempo, sino que desaparece, aunque narremos el pasado. O en palabras de Gueorgui Gospodínov, un autor búlgaro al que llegué el año pasado en busca de consuelo, en su libro Física de la tristeza: “compadecerte de todo, ser a la vez aquel que se traga las babosas y la babosa tragada, el que come y lo que se come”.
Dicen que el tiempo lo cura todo. Entonces uno espera que el tiempo pase, que sea ese amigo noble que consuela para que lo difícil y lo doloroso pierdan fuerza, para que deje de importar lo que importa, para que algún día el malestar termine, para que el duelo por alguien se vuelva un recuerdo lejano, como de otra vida. Por eso aquí seguimos: soñando, viajando, leyendo, escribiendo, saliendo con amigos, teniendo hijos, creando empresas, haciendo arte… Hasta que un día ya no sigamos más.
La tristeza hace parte intrínseca de estar vivos, es fundamental para comprender cuándo hay un final: un ser querido que muere, un viaje soñado que finaliza, una amistad que se termina, una decisión que nos obliga a renunciar a un sueño o a un deseo, una situación que no resulta como queríamos. Ser la babosa tragada.
Y en ese momento el tiempo cobra fuerza nuevamente, porque en realidad nunca ha dejado de ser la medida de todo. De este instante en que existimos y habitamos un cuerpo, una mente, un país, este planeta. Desde que nacemos empezamos a constuir sobre ruinas y continuamos con la ilusión conocer lo desconocido, que puede ser maravilloso o aterrador, o ambas cosas a la vez porque mientras yo escribo esto en mi balcón y me tomo una cerveza una tarde de viernes en Rionegro, Antioquia, hay alguien en otro lugar de este mismo mundo corriendo porque están bombardeando su casa, un niño se queda sin padre, y una madre trae un nuevo hijo al mundo. Ser quien se traga las babosas y la babosa tragada, todo a la vez.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/