Encuesta nacional de la estupidez humana

El próximo 31 de mayo hay dos dinámicas en juego: una votación para elegir presidente y otra, más silenciosa pero definitiva, que medirá qué tan vulnerables somos los colombianos a la peor de las trampas políticas: el autosabotaje proveniente de la estupidez humana. No se trata de lanzar un insulto gratuito a la plaza pública, sino de plantear una alerta urgente sobre un fenómeno que la ciencia social ha estudiado por décadas y que hoy, en medio de la polarización, amenaza con definir nuestro futuro colectivo.

La estupidez humana es subestimada con frecuencia, pero el mundo olvida que puede ser aún más peligrosa que la propia maldad. Ya lo señalaba el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer al advertir que, mientras contra la maldad se puede protestar o luchar por diferentes medios, frente a la estupidez estamos indefensos. Cuando la política se reduce al fanatismo, el pensamiento crítico se apaga. No es un problema de falta de luces, sino de testarudez ideológica: se nubla la razón, nos ofendemos con facilidad ante los datos y terminamos siendo un instrumento sumamente manipulable para los intereses de turno.

Por suerte, el historiador y economista italiano Carlo M. Cipolla nos dejó un mapa para navegar este fenómeno en su ensayo de 1976, Las leyes fundamentales de la estupidez humana. Es un texto que cobra mayor importancia en estos tiempos de locura, pues nos recuerda una verdad incómoda: este fenómeno no es un asunto de bajo cociente intelectual, sino de comportamiento y, sobre todo, de daño social.

Sus leyes plantean que la estupidez es una fuerza destructiva, universal y peligrosamente subestimada, cuyo núcleo (la «ley de oro») define el acto estúpido como aquel que daña a los demás y a si mismo sin ganar nada a cambio. Esta condición es transversal y no respeta educación, títulos universitarios ni estatus social. El gran peligro radica en nuestra tendencia a subestimar su capacidad de contagio; al ser esquivo a la lógica y la razón, el autosabotaje se convierte en la fuerza más impredecible del planeta.

Esta peligrosidad invisible explica que muchos de los grandes desastres del mundo no nazcan de la maldad maquiavélica, sino de la pura estupidez humana. No todo lo pueden explicar las malas decisiones políticas que, al menos, estuvieron expuestas a una ponderación de conveniencias o razones. Cuando caemos en esta trampa, actuamos rompiendo todo sentido del mundo. Por eso, el panorama actual contradice lo que decía el personaje Octave en la obra La Regla del Juego del cineasta Jean Renoir: “Lo que es terrible en esta tierra es que todo el mundo tiene sus razones”. En el apasionamiento electoral ciego no hay razones; hay un sesgo cognitivo colectivizado.

Esa ausencia de razones encaja perfectamente en una candidatura presidencial que parece diseñada como un experimento de Cipolla. En el tarjetón figura un personaje aferrado a dos consignas tan magnéticas como vacías: «Firmes por la patria» —esa misma que desprecia en privado llamando a sus ciudadanos «cafres» y a su gastronomía «potajes carcelarios»— y «Una patria milagro», un eslogan de autoayuda que esquiva cualquier debate técnico. Que este discurso provenga de alguien sin un solo día de experiencia en la administración pública podría ser una anécdota menor, si no fuera porque viene acompañado de un historial en defensa a la mafia, empresas en quiebra de dudosa reputación y una alarmante cercanía con figuras corruptas, paramilitares y testaferros de la historia reciente del país, como el Grupo Nule, David Murcia, Jorge Visbal y su amigo, Alex Saab.

Pero en el sistema de Cipolla, el candidato es solo la mitad del problema; la otra mitad es el ecosistema que lo valida por pura reacción emocional. Con el debate de ideas completamente anulado, la campaña se ha transformado en un festival de la insularidad mental. Amparados en la cámara de eco de las redes sociales, donde el insulto reemplaza al argumento, nos hemos acostumbrado a una política de barra brava. Es comprensible el legítimo descontento de un sector del país, la rabia o el miedo frente al rumbo del gobierno actual; el problema es cuando esa urgencia nos ciega.

¿Tanto joder con Petro para terminar validando, por pura vagancia política, al abogado de la mafia? El autoengaño nunca ha sido una estrategia de supervivencia.

Al final, estas elecciones dominadas por la locura no están a la altura de las circunstancias de un país quebrado y con crisis explícitas en casi todos los sectores. El próximo 31 de mayo, muy a las 6:00pm, sabremos finalmente el resultado de la votación y de la nueva encuesta nacional. Para identificar si, como advertía Cipolla, volvimos a subestimar por completo el nivel de estupidez en circulación.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/

5/5 - (2 votos)

Compartir

Te podría interesar