En Pelotillehue no hay elefantes

El asunto es así: lo que costó lograr se da por hecho una vez conseguido. Incluso se olvida cómo se logró, lo que es muy triste. O se miente sobre cómo se consiguió, lo que es terrible. Pero a lo que voy, el dato es este: el 25 por ciento de los brotes de sarampión que se presentaron en 2024 ocurrió en países que estaban libres de esa enfermedad.

La Organización Mundial de la Salud estima que vacuna contra el sarampión ha salvado alrededor de 59 millones de vidas solo en los últimos 25 años. Alcanza para llenar toda Colombia y sobra gente.  Y sin embargo, los brotes de la enfermedad van en aumento. Lo sorprendente —o quizá no tanto— es dónde se presentan los brotes: en los países de ingresos altos.

Durante la pandemia del coronavirus y los meses de encierro, las tasas de vacunación cayeron en el mundo, y no han alcanzado las cifras prepandemia luego de que volvimos a la normalidad (que de nueva nada, volvió a ser la misma de siempre, desigual y poco solidaria).

Anduve buscando información en internet. En la revista Anales de pediatría me encontré uno de esos textos que, para citarlo correctamente, tendría que usar locución latina et al. Lleva por título ¿Por qué los padres no vacunan a sus hijos? Reflexiones tras un brote de sarampión en un barrio de Granada. Es un texto de 2011, porque si bien es cierto que en esos meses de encierro, angustias y dudas se fortalecieron los llamados grupos antivacunas, no son para nada nuevos.

Dice esa reflexión que hay dos tipos de grupos de padres que no vacunan a sus hijos: «En el primero, de población de bajo nivel socioeconómico, el motivo es el descuido. Este sector es fácilmente abordable, pues al insistir en la importancia de la vacunación acceden a ella». Mira, que vacunar a tus retoños es fácil y puede que no te cueste ni un centavo… Y los padres van y vacunan a sus hijos.  

Y luego están los otros. «El segundo está constituido por población de nivel económico medio o alto, con buena formación académica, y que rechazan las vacunas con un profundo convencimiento, tras haberse informado y reflexionar sobre el tema. Por diversas razones llegan a esta postura, como el deseo de una crianza natural, la influencia de médicos homeópatas en contra de las vacunas o la información disponible en Internet en páginas como la de la Liga para la libertad de vacunación».

Eso se replica en el mundo. Los grandes brotes de sarampión se han presentado en dos grupos de países: de un lado los que están en guerras y con conflictos internos, lo que complica llevar la vacunación a todos los niños y hacer seguimiento de contagios. Y en el otro lado, cómo no, países de altos ingresos. En Europa, dice la OMS, los casos aumentaron un 47%. Mientras tanto, leo un informe de prensa, África se presenta como la región donde más se ha reducido el número de casos (-40%) y de muertes (-50%).

Ya entrado en gastos me di un paseo por la página web de esa cosa llamada Liga para la libertad de vacunación, un compendio de mensajes que navegan entre la pseudociencia y la tontería, además de desinformación, insistiendo en mentiras flagrantes como que las vacunas están relacionadas con el autismo. O que uno de los remedios para evitar las enfermedades infecciosas (como el sarampión) es la paz interior.

Dicen ellos, entre las razones para no vacunarse, «que la humanidad ha estado y estará siempre conviviendo con microorganismos, virus, bacterias, etc. Su estado de salud dependerá de la capacidad que tenga de mejorar las condiciones de vida (personales, sociales, medioambientales, alimentación, etc.) para así fortalecer y mantener a punto su sistema inmunológico», olvidando que vacunarse es una manera de ser solidario y de protegernos entre todos.

Nada. A ellos les vale más el sálvese quien pueda, porque ellos creen que pueden. Niegan que exista la inmunidad de rebaño, pero están convencidos de que los virus y las infecciones pasarán de largo sobre ellos porque sienten que alcanzaron o descubrieron el mantra de la paz interior.

Me recuerdan a un chiste de esos que leí en las revistas de Condorito que había por montones en la casa paterna. Era algo como así: Condorito estaba en el manicomio convencido de que el chasquido de los dedos espantaba los elefantes.

—¿¡Pero en Pelotillehue no hay elefantes?!— le replica el psiquiatra.

—Ve que sí funciona.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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