¿En el largo plazo todos vamos a estar muertos?

Parece curioso, e incluso impopular, invitar a la reflexión sobre el largo plazo en un país que vive al día. John Maynard Keynes, uno de los pilares de la macroeconomía moderna, solía despachar el futuro con una frase que hoy parece nuestro eslogan nacional: “En el largo plazo, todos estaremos muertos”.

Es una sentencia seductora. Si el futuro es incierto y lejano, ¿por qué no gastar hoy? Sin embargo, tras los recientes resultados electorales, esa frase resuena no como una liberación, sino como una advertencia sombría. La gran acogida del proyecto actual sugiere que el país ha decidido ignorar las alarmas de los técnicos, deleitándose en un bienestar que, aunque se siente real en el bolsillo inmediato, tiene pies de barro.

Es cierto, y hay que admitirlo con honestidad: los indicadores actuales no muestran el apocalipsis que muchos predijeron, por lo menos no en la economía. La inflación ha contenido su aliento, el desempleo se mantiene estable y el dólar no ha escalado las cumbres del pánico. Para el ciudadano de a pie, esto es prueba suficiente de que las cosas «van bien».

Pero aquí es donde entra la primera gran lección económica: en la macroestructura, los efectos de las malas decisiones no son relámpagos, son mareas. Lentas, silenciosas, pero inevitables.

Hoy disfrutamos de un consumo impulsado por el gasto público y un salario mínimo al alza que, aunque alivia el presente, ignora la productividad. Estamos viviendo en una casa con las luces encendidas y la mesa puesta, pero ignorando que el contador de la energía está girando a una velocidad que no podremos pagar mañana.

Para entender lo que sucede, imaginemos que estamos en una playa. El gobierno actual ha construido un castillo de arena magnífico, alto y decorado. Los ciudadanos lo aplauden porque es más grande que el anterior y ofrece sombra inmediata (o eso dice hacer). Lo que pocos ven es que para levantarlo se ha cavado un foso profundo justo en la base. Mientras no suba la marea (el ciclo económico global o el vencimiento de la deuda), el castillo se ve firme. Pero la estructura no tiene cemento; tiene deuda. Lo «bueno» que vemos hoy no es necesariamente perdurable; es simplemente el resultado de consumirnos hoy los ahorros —y la capacidad de crédito— de nuestros hijos.

Existe un axioma inquebrantable en nuestra disciplina: «No hay tal cosa como un almuerzo gratis». Alguien, en algún momento, siempre paga la cuenta. Si el Estado gasta más de lo que produce, la cuenta llega vía impuestos o devaluación. Si se desangra el sistema de pensiones y salud para financiar el presente (presente que no entiendo qué financia), la factura llegará cuando los jóvenes de hoy busquen una cama de hospital que no tendrá presupuesto.

Antes, teníamos déficits y errores, pero existía una obsesión por la compensación y la cautela. Hoy, parece que hemos cambiado la brújula por un espejo: solo nos importa vernos bien hoy. El sistema se está drenando en transferencias y burocracia, mientras regiones como Córdoba claman por recursos que el Estado ya se gastó, y los distintos sectores viven una crisis ilógica por “falta de recursos”, aun cuando hablamos del banquete del consumo presente.

La economía no es una ciencia de gráficos fríos; es el arte de administrar la escasez para garantizar la supervivencia. Me temo, con una preocupación genuina, que estos cuatro años de «calma» han sido el silencio que precede a la tormenta.

Keynes tenía razón: en el largo plazo todos estaremos muertos. Pero nuestro deber ético es evitar que el país muera antes que nosotros. No se trata de dejar de ayudar a los más vulnerables, sino de entender que la verdadera justicia social no es la que gasta lo que no tiene, sino la que construye lo que permanece. Si seguimos celebrando la estabilidad del hoy a costa del vacío del mañana, terminaremos descubriendo, demasiado tarde, que el banquete fue “exquisito”, pero que nos hemos quedado sin casa para pasar la noche, y sobre todo, con una deuda que nos acompañará toda la vida.

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