Por allá en la primera clase de ciencia política que se da en todas las universidades del mundo, y probablemente en la mayoría de los salones de sociales de los colegios en Colombia, cuando se habla de democracia, casi siempre se anexa un concepto ligado a ella: la alternancia de poder. Es un sistema donde los líderes, si son inefectivos, impopulares, corruptos o criminales, pueden ser despojados del poder y reemplazados por contrapartes populares. Es, en verdad, una idea novedosa en la historia de los sistemas políticos y ha ayudado a alinear (hasta cierto punto) los incentivos de los líderes con el interés de aquellos a quienes gobiernan.
La alternancia de poder es un principio tan importante para la democracia que ha llevado a que, en muchos países del mundo, se impongan límites en cuanto tiempo alguien puede ser jefe de gobierno. Para muchos ciudadanos de países democráticos, estos límites son pilares fundamentales de sus sistemas políticos que, si son modificados, implican un alejamiento de la democracia. En Estados Unidos, que Trump diga que él no ha descartado quedarse un tercer término presidencial prende alarmas en las cabezas de sus contrincantes, convirtiéndolo cada vez más en un dictador y no en un presidente. En Colombia no pasa algo muy distinto. Bajo el mandato impopular de Petro, a muchos les alarma que se revoquen los límites presidenciales y se permita que Petro salga otra vez en el tarjetón. Para muchos, esto es el comienzo del fin del experimento democrático en Colombia.
Pero creo que yo me ubico en el otro lado de la opinión, y, por primera vez en mi vida, no detesto lo que dice Trump. Aunque me parezca el peor presidente que ha tenido Estados Unidos desde la Primera Guerra Mundial, aborrezca su política y lo considere un ente dañino para el mundo, me gustaría pensar que él no habría llegado al poder si este límite no se hubiera impuesto y Obama se hubiera podido lanzar una vez más en 2016. Las opiniones sobre los límites de términos son fluctuantes. Es fácil estar de acuerdo con removerlas cuando nuestro político está en el poder, y estar en contra cuando gobierna el lado contrario. Hoy no me gustaría que Trump tenga otro chance en la Casa Blanca, pero es por él, no por lo que significa para el sistema.
Hoy disfruto que Petro no pueda lanzarse otra vez a la Casa de Nariño, pero hay que confrontar varias realidades sobre ser uno de los dos países democráticos del mundo que tienen límites de término más cortos para sus jefes de Estado. Solo Guatemala y nosotros dejamos que nuestros presidentes sirvan por cuatro años, y esto, a largo plazo, le ha hecho y le seguirá haciendo daño a Colombia.
Un sistema que solo permite ganar una elección tiene varios incentivos perversos para el mandatario de turno. El primero es que, al ser elegido, sea cual sea su desempeño, no tendrá que confrontarse nuevamente a las urnas. Esto no significa que el presidente no vaya a preocuparse por su popularidad para obtener gobernabilidad en el Congreso. Pero sí reduce considerablemente el incentivo para mantener la continuidad de su proyecto político, ya que después de cuatro años no podrá ser aquel líder (bueno o malo) quien lo lidere.
Esto lleva a una segunda consecuencia: la falta de continuidad en proyectos políticos. Cuatro años es muy poco tiempo para construir e instaurar políticas de Estado duraderas. Sí, se pueden realizar obras para el país y firmar contratos irrompibles, pero es difícil construir elementos fundamentales del Estado en tan poco tiempo. Peor aún, con el ir y venir del péndulo político, es común que se elija al partido opositor –una probabilidad que incrementa al obligar a que partidos y movimientos cambien de líder tan frecuentemente– y este entre a desmontar u olvidar proyectos que venían dando buenos frutos. En mi opinión, el ejemplo más fehaciente de esto fue el proceso de paz durante el gobierno Duque –no menciono a Petro porque él destruyó sistemas que sí logramos construir entre varios gobiernos–.
En muchos países con democracias avanzadas (casi todos en Europa, pero también Canadá, Japón y Australia) no hay ningún tipo de límite sobre cuántas veces puede alguien ser jefe de gobierno. Es fácil recordar a Thatcher en Gran Bretaña o Merkel en Alemania, quienes duraron décadas liderando sus países. Para estos países, la alternancia de poder no es una obligación, sino fundamentalmente una opción. Poder darse el lujo de dejar el cargo disponible indefinidamente requiere instituciones muy fuertes. Debe haber elecciones libres, una población educada, y los intereses económicos no deben poder afectar los resultados electorales. Sin instituciones fuertes, la promesa de que solo líderes buenos y populares permanezcan en el poder sería ilusoria y probablemente una sentencia de muerte para el sistema democrático. Colombia no está lista para adoptar un sistema así de libre. Creo que es obvio. Hubo un primer intento a principios de este siglo cuando un presidente popular y carismático quiso extender su mandato. Siempre me ha parecido un acto de valentía y, sobre todo, pragmatismo de nuestro sistema político evitar que Uribe fuera presidente por tercera vez. Y no creo que debió haberlo sido. Pero sí pienso que deberíamos permitir –como lo hicimos en las primeras dos décadas de este siglo– que los presidentes se prueben una vez más en las urnas para ver si escogemos darle continuidad a su proyecto. Aunque hoy, con Petro al frente, no me gustaría darle esa opción, y aunque siempre será riesgoso permitir que gobiernos corruptos se perpetúen en un país con tantas trampas y corrupción como el nuestro, me parece que es una discusión que debemos dar para construir más proyectos políticos de largo plazo y evitar que los buenos esfuerzos se esfumen cada lustro.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-felipe-gaviria/