Todos los seres humanos tenemos derecho al resentimiento y a ser elitistas, ¿por qué no? Por sí mismos no son un problema, pero cuando una misma persona tiene ambos sentimientos, se torna pesada y venenosa, por decir lo menos.
Algunos, incluso, no solo tienen derecho a estar resentidos, sino también a serlo, porque como dice el refrán “no nacieron con estrella, sino estrellados”: parecen condenados a vivir bajo condiciones de injusticia, opresión y exclusión.
Las fuentes del resentimiento –que significa volver a sentir o sentir intensamente– pueden ser muchas. Se equivocan los que lo reducen a un complejo de inferioridad, aunque a veces también lo sea. La más profunda, quizá, sean los atropellos contra la dignidad, entendida como el anhelo de todo ser humano a ser tratado como igual, en tanto miembro de una misma especie. De ahí que este sentimiento se revele, sobre todo, ante las injusticias y cualquier forma de opresión o violencia pasada o sistemática.
Siendo así, no debe ser considerado, a priori, como negativo, en tanto es, en buena medida, la expresión de una insatisfacción real o interiorizada. Además, cuando tiene fundamentos objetivos, podría ser la base de procesos emancipadores en relaciones de dominación, que son aquellas en las cuales el poder es cada vez más asimétrico y difícil de cambiar. Hasta Disney, con las películas Intensamente (I y II), ha dejado claro la importancia de expresar las consideradas “emociones negativas”.
El resentimiento es contraproducente cuando se vuelve crónico, por demasiada intensidad o porque se prolonga demasiado en el tiempo. Primero, porque suele transformarse en rencor, odio, venganza y violencia, y, segundo, porque puede generar autolesiones morales o psicológicas y corroer el carácter.
Por su parte, las personas también tenemos derecho, cómo no, a querer sentirnos parte de una élite; de un grupo no solo exclusivo, sino superior a los demás. Puede ser en general, como creernos de una casta mayor, o en algún aspecto en particular, como en un deporte o profesión.
El convencimiento de ser parte de una élite proviene unas veces de la familia, cuando se pertenece a un linaje tradicional. En los otros casos, se forma en diversos ámbitos sociales, luchando por ser reconocidos y tener estatus: se adquiere.
Cuando la aspiración de mantenerse o pertenecer a una élite es muy fuerte, decimos que la persona es elitista, y, por ende, excluyente, arribista y defensor del status quo, así no lo tenga, porque “es más papista que el papa” y abogado de quienes lo oprimen. Por tanto, esto es un asunto de mentalidades y de moderación del deseo, más que de posición económica o política, pero sí de consciencia de clase.
El heredado no tiene nada de malo, si no se es elitista y se conserva con altura. El adquirido tampoco, si se logra sin pararse en nadie para querer o poder llegar al grupo de referencia exclusivo –y muchas veces excluyente– al que se desea pertenecer. Pero como querer no siempre es poder, algunos logran su objetivo, y otros, la mayoría, fracasan en el intento.
Ahora, cuando el que naufraga en el intento es un elitista, estamos, además, frente a un resentido, y ese sí es un problema. Porque mientras que el resentido sin estrella o que nació estrellado, tiene a las clases dominantes para echarle la culpa de sus infortunios, los elitistas resentidos no tienen a quien atribuirle sus desgracias, y ahí es cuando deliran y destilan veneno. ¡Gracias a Dios se les apareció Petro en el camino para endilgarle todos los males de la humanidad en el siglo que pasó y en el que sigue!
Se identifican por detalles como la sobrevaloración de las libertades propias, y la subvaloración de las ajenas –son libertarios–; predican sobre meritocracia y tecnocracia, pero son trepadores y rosqueros. Se creen exentos de ideología, pero su discurso es dogmático. Critican la polarización y discursos de odio, pero lo destilan en sus opiniones. Son aduladores frente a los que ven por encima de ellos y exigen adulación de quienes consideran por debajo. Son envidiosos, de aquellos que sí logran subir por méritos y, sobre todo, de los que no son elitistas ni arribistas, porque les fastidia que sean dignos frente a los poderosos.
Discutir con ellos no tiene sentido, porque lo hacen básicamente desde el ego y no desde los argumentos: oyen, pero no escuchan. Ah, y se creen expertos en todos los temas, porque son amigos de Fulano y Mengano, que son señores muy importantes, así no digan nada interesante.
No pretendo hacer una apología del resentimiento ni una satanización de las élites. Y sí, claro que es mejor no ser ni estar resentido, pero, a veces, es inevitable y hasta saludable, en dosis moderadas. Se trata de entender que el resentimiento que nace de la dignidad herida no es lo mismo que el que brota del privilegio frustrado o del que se cree superior.
Pero es suficiente con el que sentimos y con el que a veces, con derecho y razón, los demás tienen, incluso con nosotros, como para tener que aguantarse a un elitista resentido. Los respeto, sí, pero los mantengo lejitos, para que no me salpiquen con su veneno.
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