Los franceses tienen fama de muy “estirados”. No les gusta que les hablen en un idioma distinto al francés, se disgustan incluso si no les hablan en su idioma natal de forma fluida. Por supuesto, aquí hay una generalización, y habrá quienes hayan tenido una experiencia distinta, pero la mayoría de las personas con quienes he conversado sobre estos temas terminan opinando lo mismo.
Justo esta semana hablaba con una amiga que recién llegó de paseo por Europa y coincidió en esta opinión. Tras reflexionar un rato yo le planteé mi hipótesis de que en ellos parece haber un hastío, y me temo que es por ser el país que más recibe turistas al año. Según el último reporte de ONU Turismo para 2024, de hecho, Francia recibió 102 millones de turistas, seguido por España, Estados Unidos, Italia y Turquía.
En Colombia y, particularmente, en Medellín crece la preocupación por el vertiginoso crecimiento del turismo. Justo esta semana Daniela Serna, columnista de No Apto, escribió sobre la Comuna 13 y los impactos del turismo: “El cambio no fue de un día para otro, sino progresivo. Las primeras veces recorrí un barrio vivo…Esta vez el barrio había desaparecido”.
Y se refiere aquí a una de las mayores críticas que se le hacen al turismo justo en aquellos lugares que lo “padecen”: la pérdida de identidad y la turistificación de los barrios. En muchos casos, los vecinos de toda la vida deben marcharse del barrio por los impactos de las oportunidades que surgen del negocio del turismo, encareciendo el uso de suelo para vivienda. También la apropiación del espacio público para la venta de souvenirs, comida y otras atracciones muy acordes con lo que vende en las redes sociales.
Y retomo aquí lo que ocurre en Francia. Qué tanto de esos sabores en los restaurantes son realmente autóctonos y cuáles son adaptaciones para el turista global, el que va de afán, el que va a tomarse la foto nada más, el que no quiere -o no tiempo porque el paquete turístico lo atiborra con una oferta de múltiples ciudades en escasos 10 días- empaparse de la cultura local, entender la historia y también disfrutar de lo realmente autóctono, eso que no tienes en tu ciudad y en tu país y que realmente quieres conocer.
Y vuelvo a Medellín y sus alrededores. Me pasó recientemente en una visita al oriente en la región de embalses. Un viaje de trabajo por El Peñol, Guatapé, San Rafael y San Carlos. El contraste es evidente. Guatapé es de lejos el más turístico de los cuatro. Pero los otros municipios no lo quieren emular. ¿Por qué? Porque en su mayoría el turismo es el de un día. También identificado como una falla del turismo en muchos otros lugares del mundo. Llegan buses repletos de gente desde Medellín y otros lugares a conocer Guatapé en un día. Llegan con todo organizado, desde el guía hasta la comida. La derrama para el municipio no es mucha y, por el contrario, deja una serie de desafíos que requieren recursos locales como la movilidad, el manejo de residuos, por ejemplo.
Guatapé también vive la turistificación. Se observa una transformación con inversionistas privados -pronto inaugurarán un gran centro comercial- de cara al turismo. Ya hay locales que llegan desde la comuna 13, ofreciendo réplicas locales de marcas internacionales. El pueblo se viste de color al estilo de Encanto. De los zócalos tradicionales, sencillos y con colores muy básicos, se pasó al zócalo multicolor, en una versión más vendible para el visitante.
En contraste, sentarse a tomar el tintico en la plaza principal de San Rafael es reencontrarse con la esencia del típico pueblo en Antioquia. Ver a la gente conversar tranquilamente, al campesino vender sus productos. Ver la vida pasar sin artilugios, sin máscaras oportunas para el turista. En la esquina la panadería típica ofreciendo los rollos rojos, las peras con coco, las galletas de vainilla y chocolate, las lenguas, los panderitos, en fin… ¡una delicia! Eso sí que es típico de estas tierras y a precios muy asequibles. Almorzar en San Carlos tomando de sobremesa la mazamorra con el bocadillo o la limonada hecha con limón injerto. Y al finalizar la tarde comer una buena empanada en El Peñol con ají bien picante.
En todos estos municipios hay una vitalidad impresionante, incluido Guatapé. Esta vitalidad junto con paisajes extraordinarios, riqueza natural por doquier, gentes amables y auténticas, que valoran su tierra y quieren que la conozcan por lo que realmente son y no por imposturas con ánimo turístico.
Me quedan muchos interrogantes sobre este modelo de negocio para el turismo que se está imponiendo en la región. Las tradiciones se mezclan con fórmulas vendedoras para atraer clientes, generar ventas, pero la pregunta de fondo es quién se está beneficiando finalmente. Los riesgos están latentes y aún hay tiempo para la reflexión y el análisis de otras formas de hacer turismo, que apalanque progreso, respetando la esencia de lo mejor que somos y que tenemos.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/