El tiempo de El Espectador

Uno de los indicadores inequívocos de la salud de una democracia es la calidad de sus medios de comunicación y la libertad de prensa de la que estos gocen. A juzgar por este criterio, la democracia en Colombia está cada vez más deteriorada. Son escasos los grandes medios de comunicación respetables y respetados, por su compromiso con la verdad y la imparcialidad. La mayoría, como se sabe, están subordinados a los poderes económicos y políticos del país; a sus propietarios y anunciantes.

Además de lidiar con censuras y autocensuras, los grandes medios se enfrentan hoy a la diáspora de redes sociales y generadores de contenido, cuya inmediatez es prácticamente imposible de seguir, y a la falta de rigor, incluidas las fake news (noticias falsas), que ponen en entredicho todo el sistema informativo del país y del mundo.  

Bien, como todo exceso de cantidad termina, tarde o temprano, degradando la calidad, pues es con calidad y pausa que es posible, como medio, sobresalir en medio de la vorágine de información a la que estamos expuestos a diario.

El único medio grande en Colombia que ha entendido este escenario ha sido El Espectador, primer periódico colombiano, fundado en 1887 en Medellín por don Fidel Cano Gutiérrez, bisabuelo del actual director, Fidel Cano Correa, quien asumió dicho cargo, cuando el medio estaba convertido en un semanario, debido a problemas financieros. Él lideró su recuperación económica y empresarial, lo transformó en diario nuevamente y hoy es el periódico más respetado en Colombia.

En lo noticioso, El Espectador no quiere ser noticia; en lo editorial, no quiere ser el centro de opinión. No hace de la noticia un espectáculo ni de sus periodistas unas vedetes. No compiten por “la chiva”, porque prefieren información refinada, Es un medio de perfil bajo y de alto impacto, como su director.

Ha llenado en estas dos décadas el vacío que ha dejado la revista Semana, que, en manos de los Gilinski, se ha convertido en un pasquín, burdo, de derecha y de farándula, y cuenta, entre sus titulares recurrentes, con las predicciones de Mhoni Videnti, astróloga, tarotista y transgénero cubana. Y, por supuesto, el del periódico El Tiempo, otrora el diario de mejor calidad del país, venido a menos desde que es propiedad del Grupo Aval, de Luis Carlos Sarmiento Angulo, de quien nada liberal se puede esperar.

Siguen en importancia El Colombiano, de Medellín, que si era conservador con las familias Gómez y Hernández, ahora con los nuevos propietarios, encabezados por Manuel Santiago Mejía, huele a rancio. Y El País de Cali, a punto de desaparecer, con los Gilinski como propietarios.

Como puede advertirse, nuestros principales medios de información –incluidos los de radio y televisión– pertenecen a los grandes grupos económicos del país, caracterizados por ser ultraconservadores y querer mantener su statu quo al precio que sea. Son mezquinos con la sociedad. No podría esperarse de ellos un medio decente, respetuoso y respetable. Y sin embargo lo hay.

La familia Santo Domingo, propietaria de El Espectador a través del Grupo Valorem S.A., le ha permitido a don Fidel Cano hacer de este un medio a imagen y semejanza de su carácter decente, sensato y aplomado. Un medio del que podemos informarnos y formarnos los colombianos como otrora lo hacíamos con El Tiempo.

El cubrimiento noticioso y editorial que le ha dado a temas álgidos como el juicio al expresidente Álvaro Uribe o la inclusión del presidente Petro en la Lista Clinton son dos casos que ilustran bien el talante del medio y lo diferencia, claramente, de los demás. No entiende uno por qué no hacen lo mismo con el Canal Caracol y con Blue Radio, también propiedad de ellos. Ni el porqué los otros grupos económicos, propietarios de grandes medios, no le dan al país siquiera esa pequeña dosis de democracia, como compensación a toda la riqueza que Colombia les ha dado y les seguirá dando.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/

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