Las encuestas pegan duro en el ánimo y cuando una tras otra muestran que hay un panorama oscuro que parece irremediable, se siembra un abrumador sentimiento de desesperanza. Colombia camina cada vez más rápido a un abismo en el que dos fuerzas políticas que tienen en el centro de su relato en odio, el desconocimiento de las instituciones democráticas y la anulación del contrario se consolidan como las únicas dos vías posibles de conducción de la nación. La unidad nacional, principio al parecer caído en desuso, que le otorga la constitución al presidente de la república ya no es el propósito superior de quienes aspiran al cargo más importante del Estado.
Tener que escoger entre si entregamos el poder a un extremo u otro, como si estuviéramos condenados a ese bucle infinito de ponderar un mal menor. Por un hombre que durante el trasegar de su vida pública y desde los micrófonos del Senado se ha dedicado a mentir y sembrar el odio, a criminalizar y perseguir ideas políticas adversas a la suya, a acosar judicialmente, al punto de fabricar testigos con ánimo condenatorio por un hombre al que odia de forma visceral y sanguinaria, un hombre al que no se le conoce una propuesta de país seria, estructurada, responsable y por el contrario abundan sus declaraciones y buenos oficios en favor de terroristas y criminales de lesa humanidad.
Por otro lado un personaje fabricado a la medida de la estética violenta, negacionista y radical de la derecha global. Un hombre que públicamente vocifero contra mucho de lo que hoy defiende solo para ganarse el favor de los votantes que huyen despavoridos ante la posibilidad de la continuidad de este gobierno. Además un tipo oscuro del que se desconoce la proveniencia de su opulencia y que se le asocia a mafias nacionales y trasnacionales como el chavismo. No hay que olvidar que no tuvo reparo alguno en defender, y quien sabe que otro tipo de auxilios prestar, al testaferro del hoy apresado líder de la dictadura venezolana, así como a otra larga lista de narcos, corruptos y estafadores.
Yo sin embargo, prefiero pensar, tal vez con algo de ingenuidad y obstinación, o ambas, que todavía, aunque parezca remota tenemos una oportunidad, tal vez la última, de pasar de ese miedo y esa rabia a la esperanza. De entregarle a un hombre de probada experiencia la tarea titánica de corregir el rumbo y encaminarnos definitivamente a un destino mejor. Es cierto que las coyunturas, las encuestas y sus propias torpezas no hacen que le acompañe un viento favorable, pero no importa. Nadie dijo que enfrentar a esos poderes con la decencia como única arma sería tarea fácil. Lo que les propongo entonces es una reflexión ética profunda, alejada de egos y conveniencias, separando si es posible la afanosa presión de las encuestas.
No es acaso más justo y más digno votar por quién realmente le propone a Colombia una fórmula distinta a la del odio. No vale acaso la pena votar con conciencia tranquila y no con vergüenza a sabiendas de que se escoge un mal solo con el propósito de negar otro. Sabra usted ponderar en la intimidad de sus conciencia esta y otras variables, pero en ella misma deberá cargar con los estragos a los que irremediablemente nos conduce una u otra opción, porque el voto, antes que un derecho es un acto de profunda responsabilidad del ciudadano.
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