El pueblo lo llama Gabriel

Para escuchar leyendo: La jardinera, Violeta Parra.

Cuando Gabriel Boric llegó a La Moneda, muchos quisieron verlo como una anomalía: demasiado joven, demasiado irreverente, demasiado hijo de la protesta. Cuatro años después, al entregar la Presidencia de Chile, queda claro que fue otra cosa: una síntesis poco frecuente entre rebeldía y respeto por la República, una coherencia necesaria, un temple sereno y firme.

Boric llegó desde la calle, desde las marchas estudiantiles, desde una generación que aprendió a desconfiar de las élites y de las solemnidades del poder, una juventud que protestó contra aquellos viejos jóvenes que le habían amargado la vida a un dictador. Esa rebeldía nunca lo abandonó del todo. Se notaba en el lenguaje, en los gestos, en la forma de asumir debates que la política tradicional prefería rodear, incluso aquella que comparte su espectro. Pero, al mismo tiempo, su paso por la Presidencia terminó revelando una cualidad más rara en la política latinoamericana: el respeto por las tradiciones que sostienen las instituciones.

En un continente donde tantos líderes confunden mandato popular con poder ilimitado, Boric entendió que gobernar también es habitar los límites de la República. No buscó reescribir las reglas para quedarse, ni torcer los contrapesos cuando se volvían incómodos. Al contrario: su gobierno confirmó que se puede ser un político nacido de la protesta y, aun así, defender las formas que hacen posible la democracia. Aceptó con gallardía la derrota en el plebiscito de salida del proyecto constitucional, se revistió de la majestad de su cargo para liderar un país que enterraba a su más profundo contradictor político, su antecesor y posible sucesor, Sebastián Piñera. Sobre todo, no dudó en condenar el fraude electoral que Nicolás Maduro había perpetrado en Venezuela.

Esa combinación —insumisión moral, coherencia ética y respeto institucional— es precisamente lo que hoy necesita la izquierda latinoamericana. Particularmente la colombiana.

En buena parte de la izquierda de este lado de la cordillera aún pesa una inercia ideológica que parece no haber digerido la caída del Muro de Berlín. Persiste una nostalgia por modelos que el siglo XX ya juzgó y una tentación populista que reduce la política a la épica de un líder contra “el sistema”. En ese paisaje, la figura de Boric ofrece otra posibilidad: una izquierda que no necesita destruir la institucionalidad para transformarla. Una moderna, que busca el bienestar de la ciudadanía sin olvidar lo elemental. Bien lo repite su perfil de X citando a Camus: La duda debe seguir a la certeza como una sombra.

No es una izquierda sin convicciones, sino una que entiende que las transformaciones duraderas no se construyen desde la demolición permanente del Estado, sino desde su reforma paciente. Una izquierda que puede protestar, pero también gobernar. Que puede incomodar al poder, pero también ejercerlo sin arbitrariedad.

Su presidencia, a los ojos de este extranjero permanente, termina teniendo una resonancia simbólica inesperada. En 1946, Pablo Neruda escribió un poema para la campaña de Gabriel González Videla cuyo verso más recordado decía: …Y entre todas las cosas puras, no hay otra como este laurel: El pueblo te llama Gabriel…La historia, con su ironía habitual, terminaría mostrando que aquel Gabriel no estaba a la altura de la invocación.

Con Boric ocurre algo distinto. No porque haya sido un presidente perfecto —ninguno lo es— sino porque su estilo político devolvió dignidad a una idea sencilla: que el poder puede ejercerse sin renunciar ni a la rebeldía ni a la República.

Tal vez por eso, ahora que deja el cargo, el eco de aquel verso adquiere otro sentido. Porque al final, y como lo demostraron las horas del cambio de mando, a él, también, el pueblo lo llama Gabriel.

¡Ánimo!

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-henao-castro/

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