El pobre es pobre por falta de ganas

Es fácil rastrear la falta de ganas. Quizá no se cerraron bien los ojos durante la manifestación o no se hizo bien el ritual para que el universo no decidiera que ese pobre naciera en una casa de campo donde solo hay aguapanela para desayunar y arroz para el almuerzo —porque la malnutrición no tiene nada que ver con el desarrollo del cerebro.

Cuando iba a visitar a los abuelos, antes de llegar veía una casa de palos y techo de paja en la que siempre había unos niños con un pañal de tela sucio y la barriga grande y redonda, la cara mugrosa, el pelo seco, polvoroso, y un tetero vacío o lleno de aguadulce. Les decían los aquilinos. La abuela explicaba que eran muy pobres, que no tenían para comer. Ella, a veces, les daba alguna arepa o leche o panela. La abuela decía que la barriga de esos niños estaba llena de lombrices. Los aquilinos eran tantos. Siempre, en los casi diez años que pasé por ahí, había niños de brazos.

Por la noche le rogaba a Dios, cuando todavía creía en el Dios católico apostólico y romano, que nunca fuéramos tan pobres para no tener ni comida ni zapatos ni ropa ni que no pudiéramos ir a la escuela.

La abuela nunca contó, ella decía que no veía nada, que por la finca pasaba a veces la guerrilla, a veces los paras, y que a ella, muchas veces, les tocó darles café y queso y hasta gallinas. De eso no se hablaba. El abuelo tampoco contaba que a veces lo obligaban a transportarles cosas en el camión que él usaba para llevar ganado y legumbres. La abuela, todas las noches cuando rezaba el rosario, le pedía a su Dios apostólico católico y romano, que no les pasara nada. No les pasó.

Quizá rezó más. Quizá no era una zona tan roja, solo de paso. O no sé.

Porque a muchos sí, aunque también rezaban.

Le pasó, por ejemplo, al Niño Reclutado de la crónica de Juan Miguel Álvarez. “Esta es la historia de un niño que fue raptado para la guerra en Colombia y terminó convertido en el enemigo de sus captores”. Al niño, Luis Carlos Velandia, le asesinaron al papá, a la mamá, al hermano, luego también desaparecieron al papá que lo adoptó y luego la guerrilla, a los catorce años, lo reclutó.  Con los años, terminó disparando del lado de  los paras. De ahí sigue una vida que no eligió, pero que le tocó. No voy a contar la crónica porque debería ser una oración leerla, a ver si entendemos. Porque a Velandia no le faltaron ganas.

Tampoco a los 6 402 asesinados en las ejecuciones extrajudiciales, conocidos como Falsos Positivos. Esta semana, Juan Carlos Quiroz, integrante del Batallón de Artillería No. 4, Bajes, entre 2001 y 2004, confesó en la Audiencia de Reconocimiento de Verdad del Subcaso Antioquia, Caso 03, que había una casa ubicada entre Granada y El Santuario, que llamaban Casa Estudio, donde los integrantes del batallón secuestraban habitantes de calle y personas de zonas vulnerables de Medellín. Los llevaban con falsas promesas de trabajo. “Los peluquiaban, les daban de comer, les cambiaban la ropa y, lo más triste, les enseñaban a disparar”. Luego los mataban y los presentaban como bajas en combate. En el Instagram de la JEP tienen videos de las audiencias. También deberíamos repetirlos, como oración.  

Quizá no manifestaron lo suficiente.

Manifestar. Esa palabra que ahora usamos para pedir cosas al universo, como si la pobreza fuera un problema de vibración energética, no de falta de oportunidades reales, no de inequidad en el reparto de recursos. Los aquilinos, el niño reclutado, los 6 402 nacieron en un país donde el Estado no llega.

(Escuchar también el pódcast De todos los lados de la guerra, de El Topo).

Para muchos en Colombia la vida no ha sido como es por falta de ganas, sino  porque hay tierras que nos quedan muy lejos, porque hemos tenido gobiernos preocupados por los más ricos, que no han mirado muchos territorios del mapa, que no han trabajado por los problemas sociales que, en cambio sí, aprovechan los grupos armados. Algo está mal si los grupos armados son la única promesa de ascenso social. Porque hemos tenido momentos en los que los llamados a cuidarnos —el Ejército, por ejemplo— han hecho todo lo contrario: matar. Son años de olvidos, de una lista interminable de problemas que nunca son prioritarios.

Hay historias a las que solo les hemos visto un lado. Después, juzgamos.

El dolor ajeno no importa, y menos para los que manifestaron riqueza y el universo los puso a nacer en una casa donde todo sobra, menos la empatía.

Ojalá Papá Noel nos traiga esta Navidad más capacidad de entender que vivimos en un país muy malparido para los que les faltan ganas. Y que no hacemos nada, como sociedad, no hemos hecho nada. Salvo negar el conflicto, las víctimas, los acuerdos… Ni siquiera hemos empezado por lo simple: elegir buenos gobernantes —tampoco es que haya de dónde. Lo mínimo sería dejar de creer en esa mentira y empezar por nombrar lo que sí pasó: desapariciones, reclutamientos, ejecuciones extrajudiciales, olvido. Faltan un Estado y una sociedad que los vea, para empezar.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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