El petrismo es más grande que Petro.
Hay que empezar a entenderlo así: no como una ideología, sino como un comportamiento. Hay quienes pueden tener ideologías antagónicas pero compartir una conducta; por eso digo que el petrismo es una puesta en escena que ya opera por fuera de su creador.
Es una fuerza que pretende solucionar los problemas del país con retórica o con milagros. Da lo mismo invitar a los pobres a dejar de serlo que invitarlos a creer en un milagro como solución a sus problemas. En el fondo, ambos sufren del mismo delirio de grandeza mística: en el petrismo se creen animales totémicos. Uno se autopercibe jaguar; el otro, tigre.
El petrismo se crece en la tarima, necesita el escenario como espectáculo. No importa el decorado: le sirve igual una «P» gigante que un baile con chaleco antibalas detrás de un vidrio blindado. Lo que importa es la narrativa del héroe bajo amenaza.
El petrismo es moralmente elástico. Es capaz de dar discursos sobre el clítoris de las mujeres y la liberación de los cuerpos, pero también de pretender enseñarle por las malas el ‘bulto’ a una mujer. No importa su ideología, ambos quieren ser recordados por su desempeño sexual. Pobres.
Al petrismo, además, le aterran los controles. No va a debates si no controla el libreto. Prefiere el monólogo o el ataque frontal: por eso llama a las periodistas «muñecas de la mafia» o tilda de ‘ignorante’ a quien se atreva a cuestionarlo. Para sostener ese relato, unos y otros financian ejércitos digitales dedicados a triturar reputaciones y difundir mentiras a conveniencia.
Téngalo por seguro que si hoy condicionan un debate electoral; en el poder lo que pueden limitar son las libertades. Es que…
En lo económico, el petrismo desprecia los límites. No le gusta la independencia del Banco de la República. Le parece un estorbo para el cambio. Por eso amenaza con retirar su representación de la Junta Directiva o suelta globos al aire prometiendo que permitirá el ingreso de bancos extranjeros que presten al 2%.
Colombia requiere seriedad. Exige trabajar con evidencia y rigor institucional. Sin embargo, elegir hoy entre las representaciones de estas opciones es elegir la continuidad del declive. Ambos caminos, por distintos que parezcan en el tarjetón, conducen al mismo destino: la degradación del debate público.
Si gana Abelardo, sigue el petrismo como método; si gana Cepeda, continuamos con el mismo espectáculo mediático y judicial. Lo trágico del asunto es que si estas dos cartas se enfrentan en una segunda vuelta, el libreto ya está escrito. Petro la tendrá más fácil, porque nadie domina mejor el barro del espectáculo que el dueño de la pocilga. Petrismo rima con populismo. Por eso esta no es una elección entre izquierda y derecha. Es, más bien, una elección por la defensa institucional y moral.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/