La semana pasada el periodismo colombiano celebraba. Los ganadores del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar recordaban que, pese a las dificultades, aún hay quienes ejercen el oficio con rigor y valentía. Al recibir el Gran Premio a la Vida y Obra, Yolanda Ruiz encendió una idea que debería ser obvia, pero no lo es: “El periodismo es un ejercicio de resistencia pacífica porque nos obliga a ser veedores de todos los poderes.”
Luego, apenas unos días después, la noticia del despido masivo de periodistas, editores y productores de Caracol Radio y La W, ante la inminente fusión de ambas emisoras del grupo Prisa, nos devolvió a un panorama menos festivo. Lo que en un escenario se premia, en otro se precariza.
La crisis no es nueva. En Colombia, ejercer el periodismo ha significado enfrentar la violencia que busca callar voces incómodas. Hoy, a todo esto, se suma la lógica de la inmediatez y del espectáculo mediático: redes sociales que premian el ruido sobre la verdad; inteligencias artificiales para garantizar la viralidad sobre la rigurosidad. El oficio queda atrapado entre la presión del mercado, que erosiona las redacciones, y la desconfianza ciudadana, que corroe la legitimidad del trabajo periodístico.
Por eso las palabras de Yolanda Ruiz resuenan: “en tiempos de desinformación, el periodismo debe generar confianza”. Nunca habíamos tenido tanto acceso a datos y contenidos. Y, “sin embargo, nunca habíamos tenido tanta dificultad para distinguir la verdad de la mentira. El periodismo —el buen periodismo— debe iluminar, ayudar a entender y decantar en medio de la incertidumbre”. Esa tarea, precisamente esa, es la que convierte al periodismo en un bien público indispensable.
El periodismo independiente es peligroso para los autoritarismos, dijo Yolanda. Justamente por eso debemos cuidarlo. La democracia se cimenta en la confianza, y sin periodistas que vigilen el poder, esa confianza se derrumba. Y agregó: “El periodismo independiente también se para ante el mercado que presiona y empuja porque toca vender”.
Con Yolanda, me aferro —todavía— a la esperanza. Porque tanto los homenajes como los despidos nos obligan a preguntarnos qué sociedad queremos: una que normaliza el silencio o una que defiende la verdad.
Hoy, más que nunca, necesitamos que el periodismo sea resistencia pacífica y apuesta por la verdad; que no se quede solo en los aplausos, sino que encuentre respaldo en la ciudadanía. Porque si el oficio se apaga, la democracia quedará sin una de sus defensas esenciales. Y entonces no solo perderán los periodistas: perderemos todos.
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