El líder que no supo hacerse a un lado

Liderar, o más bien ser un buen líder, implica saber y tener la voluntad de ceder el puesto cuando el momento llega. O, en otras palabras, ser un buen líder también implica reconciliarse con la idea de que alguien de tu equipo te iguale o incluso te supere.

A mi modo de ver, algo en el liderazgo de Gustavo Petro hace que no tenga capacidad para dejar que sus coequiperos crezcan a su lado o avancen sin su tutela. Y esta es una posición muy personal, pero de la cual estoy convencido: Petro fue uno de los grandes responsables de la derrota de Iván Cepeda. Su líder, su aliado, su amigo, terminó convirtiéndose en su mayor problema.

No quiero ser ligero con mis afirmaciones; por eso hablaré desde la especulación. Por una parte, parecería que Petro está atravesado por un ego que a veces lo domina, al punto de creer que solo él puede encargarse de lo que haya que resolver. Una suerte de imposibilidad de delegar. Algo como: “si no me meto a estas elecciones, no podrán sin mí”. Y, en medio de ese yerro, de esa falta de autocontrol o autoconocimiento, dio rienda suelta a su intervención en la campaña presidencial: trino va, trino viene; discurso va, discurso viene.

Esa sobreexposición terminó teniendo un efecto político claro: reactivó el antipetrismo, espantó a sectores del centro y generó desconfianza en el votante institucional, que terminó viendo en Cepeda no una alternativa propia, sino una extensión del mismo liderazgo que muchos querían frenar.

Por otra parte, existe la posibilidad de que Petro —hombre sabido en la política— haya dejado ver, con su actuar, una tensión política más profunda. Puede que haya entendido la irrelevancia, o la difícil posición en la que quedaría, al ser el expresidente que entrega la Casa de Nariño a uno de sus aliados. Dicen que el enemigo siempre está en casa y que la traición siempre llega de quien menos la esperas. Tal vez Petro, consciente de ese riesgo, prefirió no hacerse a un lado, aunque eso terminara perjudicando a su propio candidato.

Ejemplos de lo anterior existen, y es un escenario que hubiera podido repetirse fácilmente. En Ecuador, luego del gobierno de Rafael Correa, que duró diez años, este decidió impulsar a su vicepresidente, Lenín Moreno, como sucesor. Moreno fue elegido para el periodo 2017-2021. Bastaron un par de meses para que afirmara que recibía un país endeudado, con un grave déficit fiscal, y pocas horas para que Correa respondiera diciendo que eso era falso.

A eso le siguieron hechos como la detención de Jorge Glas, mano derecha de Correa, impulsada durante el gobierno de Lenín Moreno en medio de una cruzada anticorrupción producto del entramado Odebrecht. Correa respondió diciendo que era persecución política. ¿Suena a algo que hubiera podido pasar en un enfrentamiento Cepeda vs. Petro? ¿Alguno de los cercanos a Petro hubiera podido ser el Jorge Glas de este caso?

Luego, Lenín Moreno, en un intento por calmar la polarización del Ecuador de 2017, se sentó a conversar con sectores políticos variados, incluidos los opositores de Correa. Bastó eso para que Correa hiciera una afirmación famosa: Moreno era un traidor. Y, si quieren algo más cercano, ahí están Uribe y Santos, algo que no debo explicar a detalle.

Me alcanzo a imaginar a un Petro opinando en X sobre las decisiones de Iván Cepeda, cuestionando los giros de su gobierno, confrontando desde afuera y abriendo una disputa interna que podría terminar dividiendo a la izquierda. Incluso, una victoria de Cepeda habría podido eliminar uno de los discursos más cómodos del petrismo: “no nos dejaron hacer los cambios”, “cuatro años no fueron suficientes”. Si el sucesor era propio y tampoco podía hacerlos, la excusa empezaba a perder fuerza.

El punto final de esta columna es una invitación a la reflexión. Aquellos a quienes muchos gradúan de salvadores, redentores o patriotas no son más que humanos. Humanos que hacen parte del poder, que juegan su juego, que protegen sus intereses y que también pueden quedar atrapados en su ego. Tal vez por eso el verdadero liderazgo no se mide solo en la capacidad de llegar al poder, sino en la grandeza de saber hacerse a un lado cuando el momento llega.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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