El folclor como disfraz

En cada campaña presidencial se repite la escena: el candidato llega a una región, se pone el traje típico de turno, se toma la foto, sonríe y sigue su recorrido. La imagen se viraliza, el equipo de comunicaciones celebra y el mensaje implícito queda servido: “estoy con ustedes, soy como ustedes”. Sin embargo, detrás de ese gesto aparentemente inofensivo se esconde una profunda falta de respeto.

El ejemplo lo puso Vicky vestida como wayuu, pero es asunto de todos los días en época electoral: ahí tenemos a Abelardo disfrazado de creyente religioso (es más, disfrazado de político, fingiendo todo el día). 

Las expresiones culturales y religiosas de un territorio no son utilería de campaña ni accesorios intercambiables según la agenda del día. Son el resultado de historias largas, de procesos sociales complejos, de identidades que no se pueden resumir en una prenda ni, mucho menos, ponerse y quitarse a conveniencia. Convertir esos símbolos en disfraces es reducir a las comunidades y a sus habitantes a una postal folclórica, cómoda para la foto pero vacía de comprensión real.

Así, la diversidad cultural del país se reduce a una caricatura y la ciudadanía a una audiencia que solo mira, pero no discute. Este comportamiento revela algo más preocupante que el simple mal gusto: una desconexión profunda entre quienes aspiran a gobernar y la realidad del país que dicen conocer. Se banaliza lo que debería ser un ejercicio riguroso y ético. 

Frente a esa tendencia, resulta urgente reivindicar la sensatez y la seriedad como valores políticos. Gobernar un país complejo como Colombia exige rigor intelectual, respeto por las diferencias y una relación honesta con la realidad. No se trata de aparentar cercanía, sino de construirla a partir del conocimiento, la coherencia y la responsabilidad.

Por eso resulta tan necesario reivindicar otra forma de hacer política. Una que no confunda la cercanía con el disfraz ni la empatía con el oportunismo. Una política que entienda que el respeto no se actúa, se practica. En ese sentido, figuras como Sergio Fajardo han representado —con aciertos y errores, como cualquier ser humano— una apuesta por la sensatez, el rigor y la coherencia. No ha necesitado vestirse de región para hablarle al país; se propone hacerlo desde las ideas, las propuestas, el conocimiento y un tono que se toma en serio la inteligencia de los ciudadanos.

Tal vez ya es hora de exigir menos show y más contenido. Menos folclor como estrategia y más conciencia como principio. El país no necesita candidatos mejor disfrazados, sino líderes más responsables, más respetuosos y, sobre todo, más serios.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-antonia-rincon/

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