El feminismo que Paloma sí representa

Llamar «antiderechos» a Paloma Valencia es un recurso persuasivo que limita de manera imprecisa el análisis de lo que ella, como mujer en concreto, representa. En el fondo, esta afirmación es como un espejo roto que al reflejar a esta mujer devuelve una imagen fragmentada, útil para la descalificación, pero inútil para el debate. El problema es que ese mismo espejo, si alguna vez estuviera entero, le mostraría al feminismo progresista sus propias contradicciones.

Existe una corriente feminista que el debate público colombiano rara vez nombra, el Feminismo Centrado en la Persona o también llamado Feminismo Personalista, y es aquel que no parte de una agenda colectiva ni exige adhesión ideológica, sino que nace de la dignidad irrenunciable de cada mujer como individuo. Reconoce a una mujer por lo que es y por lo que logra. Para esta visión, la libertad femenina incluye también la libertad de disentir, es el feminismo en el que yo me reconozco, el que cree en la libertad de pensar por cuenta propia, sin pedirle permiso al colectivo. Y Paloma Valencia siendo filósofa, abogada, senadora, candidata presidencial es exactamente el tipo de mujer que ese feminismo celebra aun cuando el progresista la descalifica.

Algunas abanderadas del feminismo en la izquierda afirman que Paloma representa un retroceso para las mujeres porque es crítica del sistema de educación pública. Pero los datos no necesitan adjetivos ni ideología: Colombia ocupa el puesto 58 de 81 países en las pruebas PISA 2022, más de la mitad de sus estudiantes no alcanza competencias básicas en matemáticas, lectura y ciencias. Mientras tanto, el presupuesto educativo de 2024 fue el más alto de la historia (70,4 billones de pesos) y sin embargo esta inversión récord no tuvo el impacto que debería, evidenciando que el problema no es de recursos sino de modelo. Por eso Valencia propone que mientras el sistema se reforma, los niños más vulnerables tengan libertad de escoger su colegio a través de un bono escolar. Criticar un sistema que falla es tomarse en serio el derecho a la educación.

Quizás las voces que la descalifican no se han detenido a mirar su registro concreto, Paloma es autora de la Ley «Estado Contigo», que protege a madres cabeza de hogar en condición de vulnerabilidad, impulsó casas de refugio para víctimas de violencia sexual, logró que las congresistas pudieran tomar licencia de maternidad sin abandonar su curul. Propone redes de cuidado con empleo formal, horarios flexibles y guarderías compartidas, y esto no ha sido solo discurso han sido hechos, y sin embargo insisten en invisibilizar su trabajo. Ese sesgo dice mucho de quién define el feminismo desde su trinchera desconociendo lo que Valencia representa.

En algún momento, alguien decidió que ser feminista significa defender el aborto sin restricciones, la adopción homoparental y el lenguaje inclusivo, todo a la vez y sin matices. Paloma Valencia ha sido coherente y lo ha manifestado sin rodeos, ella no comparte esa agenda en su totalidad. Son posiciones que incomodan y generan debates legítimos, pero tener una opinión moral sobre un derecho no es lo mismo que abolirlo. Paloma ha dicho con claridad que respeta la Constitución y la ley, y su trayectoria institucional lo confirma. Una cosa es disentir, otra muy distinta es desmantelar. Por eso es importante recordar que feminismo y progresismo no son sinónimos, aunque hoy se usen como si lo fueran.

El feminismo tiene más de tres siglos de historia y no pertenece a ningún partido, ha sido liberal, socialista, personalista, libertario. Por su parte el progresismo es otra cosa, es una agenda política contemporánea que incorporó el feminismo como emblema, pero con su propia lista de condiciones, y esa lista se vuelve una problemática cuando entra a la política electoral porque toda campaña política elige sus banderas para gobernar, porque gobernar exige prioridades. Nadie puede con todo a la vez, y elegir un énfasis no es declarar guerra a lo que no se enfatiza. Cuando el feminismo progresista olvida eso y se apropia del relato entero, cualquier mujer que no comparta su agenda queda automáticamente excluida, se la descalifica, se la etiqueta, se la borra, y eso es sectarismo con perspectiva de género.

Alma Guillermoprieto, escritora latinoamericana, a través de uno de sus libros, se preguntó si era feminista, y lo hizo evocando una duda honesta, sin certezas militantes, y esa es la pregunta que el feminismo progresista ha dejado de hacerse. Gústenos o no, Paloma Valencia es una mujer que ha roto techos de cristal reales, y pretender ignorarlo, o convertirlo en evidencia de retroceso, dice mucho sobre la estrechez del espejo que la mira. Si el feminismo progresista cree que solo merece reconocimiento la mujer que piensa igual al colectivo, entonces su arenga de libertad pierde todo sentido.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/vanessa-gutierrez/

4/5 - (8 votos)

Compartir

Te podría interesar