Hasta hace poco yo era muy crítico de los extremos. Me parecían peligrosos para la democracia porque reivindicaban fondos ideológicos en los que no cabía una posición distinta a la defendida por un sector político. Promovían un juego de suma cero en el que la victoria de un lado suponía la derrota del otro.
Sigo estando en contra de dos extremos: el de la extrema derecha, que es clasista, racista, homofóbica, machista y xenófoba, por mencionar sólo algunos adjetivos, y el de la extrema izquierda, que es clasista, racista, homofóbica, machista y xenófoba, por mencionar sólo algunos adjetivos.
Esos dos extremos son más parecidos de lo que creemos: han dejado de reivindicar la libertad para promover el privilegio de sus fieles y se diferencian sólo en a quién odian, cómo y cuándo, pero odian, y mucho.
Los liberales creemos que tenemos un papel en la política: moderar, tender puentes, disculpar a esos extremos. Tratamos de comprenderlos para entablar conversaciones con ellos en las que promovemos que sean los argumentos los que triunfen. Decimos que hay que respetar su libertad de expresión y que debe ser el cambio de consciencia el que le vaya abriendo espacio a posiciones menos radicales. Estamos equivocados.
A los extremos hay que combatirlos, así, sin medias tintas, de manera extrema. Hay que ser intolerantes con los intolerantes. A la extrema izquierda y a la extrema derecha hay que acorralarlas desde el extremo centro, no se les puede dar un centímetro de posibilidades ni argumentativas ni electorales.
Los liberales debemos decir que los libertarios, que son de extrema derecha, son fachos de Temu que no defienden la libertad, que detrás del cuentico del mérito promueven el privilegio, que aman los impuestos si con esos se pagan su salario y que promueven el fin del Estado excepto si éste los contrata y los vuelve ricos. Y de los comunistas debemos decir que son totalitarios sin miramientos, que las reivindicaciones las volvieron venganza y que son unos imperialistas enclosetados que admiran a Putin. Sólo hechos sin grises de interpretación.
Yo estoy convencido de que el centro, en donde convergemos los liberales – porque no hay liberales ni en la extrema izquierda ni en la extrema derecha – debe volverse otro extremo, uno que defienda con inteligencia, valentía – sin violencia, pero sin medias tintas – el aborto, el matrimonio igualitario, la dignidad de los migrantes, la adopción homoparental, la eutanasia, la legalización de la drogas, el libre mercado con límites, la fuerza legal del Estado frente a los criminales, los DDHH, el desarrollo libre y pleno de las mujeres en todos los ámbitos de sus vidas, la multiculturalidad y el respeto animal.
Los invito, hablo en serio, a que en cada chat o en cada almuerzo familiar, en cada espacio con amigos, no huyan de las conversaciones iniciadas por algún dogmático de la extrema izquierda o la extrema derecha. Saquen tiempo y toda su fuerza argumentativa para montársela de frente a estas personas hasta que empiecen a gaguear, trastabillar, contradecirse; se den cuenta de sus ridiculeces, sus mentiras, ambigüedades, acomodos y solapamientos.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-yepes-naranjo/