El espejismo de Medellín

Medellín es una ciudad de la que sus habitantes estamos orgullosos. Por su historia contra la violencia, por su sistema metro, por los referentes musicales como Maluma o Karol G, artistas o deportistas como Fernando Botero o Mariana Pajón, y barrios que son calificados como los más cool del mundo como Laureles. Sin embargo, mi ciudad, esta ciudad a la que nos referimos como la “Tacita de plata” está llena de realidades incómodas a las que no nos atrevemos a darles la cara y simplemente encerrarnos dentro de nuestros propios delirios e indulgencias.

Hace un tiempo hablaba con algunos familiares y decía que ciudades como Bogotá o Barranquilla eran muy clasistas o racistas, por ejemplo, pero acá en Medellín eso no pasaba, o al menos no tanto. El tiempo ha pasado, cada vez y escucho más cosas y me doy cuenta de que en Medellín el racismo, el clasismo, así como el machismo y la estigmatización de las corrientes de izquierda (y a veces hasta de centro) están vivos y tienen muy buena salud. Incluso, parte de los que promueven este tipo de pensamiento son sus líderes, como el alcalde Federico Gutiérrez.

En estos años de mandato ha habido varios casos en los que Fico, tratando de mostrar orden y de mostrarse cercano, estigmatiza a una parte importante de la población, demostrando que a la hora de gobernar piensa en complacer a sus admiradores más que en entender las necesidades y condiciones de vida de los ciudadanos marginados.

Un ejemplo de esto son sus declaraciones sobre los habitantes de calle. En marzo del año pasado dijo que los recursos para atender a una persona en situación de calle eran el triple de los que se necesitaban para atender el programa Buen Comienzo, por lo que en Teleantioquia pusieron en una publicación “¿Cree que se deben seguir destinando recursos para atender a esa población?”; un tiempo después la borrarían, pero el daño estaba hecho.

Es francamente vergonzoso y preocupante que dos comunidades vulnerables se comparen y se ponga como debate público si la asistencia a una de ellas sea necesaria. Esa comparación revictimiza a los mendigos, pues su imagen es impopular ante la de los niños en adopción, por lo que la gente tiende a tener más simpatía hacia ellos.

Igualmente, otro ejemplo vergonzoso del señalamiento que se hace cada vez más frecuente es el de los indígenas. Con la minga de la Alpujarra de principios de marzo de este año personajes mediáticos de la ciudad hicieron declaraciones estigmatizantes contra esta población. Un ejemplo de esto es un reel de la ex señorita Antioquia Laura Gallego, la cual empieza en tono burlón “di diez veces la palabra minga (minga-minga-minga)”, o en conversaciones que escuché en una visita, diciendo que esos “indios” están acabando con todo, que seguramente no se bañan y están llenos de piojos.

En Colombia nos cuesta reconocer el racismo que está presente en nuestra sociedad. Estamos convencidos de que somos un pueblo mestizo y que por eso no hay segregación, pero estos comentarios muestran lo contrario, y que no somos una sociedad consciente de que lo somos y cómo nos afecta.  

Si bien es válido cuestionar los motivos por los que protestaban y la manera en la que obraron durante su manifestación no es válido caricaturizar con estereotipos a la gente, sin pararse a pensar en sus condiciones de vida y la falta de acceso en servicios básicos.   

Qué cómodos que son los prejuicios y los estereotipos. No cuestionan, no buscan una explicación, se ajustan a todo lo que creemos y nos explica cómo funciona el mundo, no importa qué tan distorsionada sea la explicación. Tampoco necesitan estar justificados, sino que nos podemos refugiar en ellos, pero por lo general encerrarnos en nuestros prejuicios termina haciendo más daño y siendo más ineficiente, porque muestra algo que también está muy presente dentro de nuestra sociedad: la pereza intelectual para esforzarse en entender nuestras condiciones.

Aquí podemos hablar, otra vez, de Fico y de su intento de censura a la Biblioteca Pública Piloto de la semana pasada, quien dijo que el lanzamiento del libro sobre el M-19 De la guerra a la política, de Jaime Rafael Nieto López, tenía “un carácter evidentemente político y ninguna entidad pública puede albergarlo, además, por ley de garantías.”

A pesar de que se puede disentir con el contenido y la posición del libro el alcalde no tenía por qué rebajarse a intentar cancelar un evento de una institución pública buscando darle aprobación a lo que sea dicho o no de un hecho histórico del país, más cuando solamente se limita a buscar atacar y dar una sensación de seguridad y orden en el que hubo una reacción sin preocuparse por el contenido del libro, sino por el tema que tocaba.

Entonces, ¿qué nos queda? Medellín, a pesar de ser una gran ciudad a la que yo también amo y admiro, replica en la televisión departamental mensajes clasistas, tiene líderes y figuras de influencia cada vez más violentas y desinteresadas en comprender los fenómenos sociales por los que pasamos, señalan a poblaciones vulnerables sin tener en cuenta que también son ciudadanos y, sobre todo, se cierra para complacer a la gente que se conforma con los políticos de turno, por lo que podríamos decir que además de ser la ciudad de la eterna primavera somos la ciudad de la eterna autocomplacencia porque nos conformamos y vivimos constantemente satisfechos aplaudiendo a estos personajes que, con tal de estar apoyando causas políticamente cómodas se aseguran de tener un respaldo de popularidad.

Medellín es una ciudad que cada vez cambia más, y que para estar a la altura de los retos a los que se enfrenta debe ser capaz de reconocer sus problemas y sus luchas, de dejar el conformismo y esa eterna autosatisfacción con la que nos mantenemos con tal de no perder la comodidad. Amar a Medellín, buscar que tenga lo mejor es dejar de conformarse con los discursos violentos, simplistas y estigmatizantes y buscar más dignidad, más esfuerzo, más compromiso en entender a la gente. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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