Quienes narramos historias -desde la crónica, el reportaje, la opinión o esa frontera movediza entre géneros- aprendemos pronto una lección irrevocable: la ficción puede ensanchar el mundo, sí, pero la verdad es el axioma que nunca podemos traicionar.
La ficción es una herramienta poderosa. Nos permite mirar desde ángulos imposibles, iluminar zonas que los hechos no siempre alcanzan a nombrar y ensayar preguntas que aún no encuentran respuesta. Es un modo de habitar el mundo desde adentro y desde afuera a la vez. Para quienes escribimos, sin duda, es un refugio necesario.
Pero esa libertad creativa no debe alterar lo fundamental. El periodismo puede variar en sus formas, pero nunca en los hechos. La verdad no se acomoda ni se pule: se sostiene o se traiciona. Y el problema no es teórico ni remoto; por el contrario, nos respira en la nuca en todo momento. Hace pocos días, El Espectador admitió públicamente que había publicado durante meses varios artículos elaborados por un practicante que usó inteligencia artificial y citó fuentes que, tras verificación, resultaron inexistentes. El diario despublicó las notas, desvinculó al practicante y reconoció sin rodeos: “fallaron todos los controles”.
Ese hecho lamentable no fue un error menor: fue una traición al pacto de confianza entre un medio y sus lectores; una fisura ética que dejó ver cuán frágil puede ser el oficio cuando se descuida lo esencial. Y es justamente ahí donde aparece la tensión que define nuestra labor: lo verosímil solo tiene que parecer cierto; lo verídico, en cambio, debe ser cierto.
En esa tensión -propia del periodismo y sin escapatoria posible- los detalles adquieren todo su peso. Son la materia prima de la verdad: lo que confirma, corrige o desmonta una historia. Son los gestos mínimos que no admiten invención, los silencios que revelan más que cualquier declaración, la marca casi imperceptible que desmiente una versión oficial. Esas partículas diminutas son las que impiden que la crónica se convierta en literatura maquillada y las que resguardan la dignidad del relato.
La ficción, bien entendida, nos da a quienes escribimos una salida momentánea: una forma de abstraernos -a veces incluso de burlarnos- de la realidad dantesca que habitamos. Esa catarsis, cuando se ejerce con rigor, suma perspectiva; nos devuelve otros ojos para mirar lo real y lo humaniza. Nos afina la escucha, profundiza la observación y permite interpretar sin deformar. Pero jamás puede ocupar el lugar de la veracidad. El periodista puede valerse de herramientas literarias, sí: puede construir imágenes, atmósferas y escenas. Pero su pacto es con la realidad, no con la estética. El relato puede ser bello, pero la verdad no puede sacrificarse para lograrlo. Esa es la frontera que sostiene el oficio.
Al final del día, lo que honramos no es la habilidad de escribir, sino la confianza de quien lee. La confianza de quienes vivieron los hechos y de quienes entregan su historia esperando que la devolvamos sin adornos que les borren autenticidad.
La ficción nos permite habitar la vida de otras maneras; la verdad, en cambio, nos obliga a enfrentarla tal como es. Esa diferencia, que parece sutil, resulta decisiva en tiempos de realidades editadas y uso desmedido de la IA. Y es ahí donde vuelve a tener sentido un aforismo que un profesor soltó en mis primeras clases de universidad: “Cuando un perro muerde a un hombre, no es noticia; cuando un hombre muerde a un perro, sí lo es”.
Ese principio clásico sobre qué vale la pena contar, y por qué, recuerda que la frontera es frágil: incluso lo inusual puede deslizarse hacia la ficción si uno no está atento. Por eso, más que nunca, el oficio consiste en no cruzar esa línea. Porque al final, y sin excepciones, el diablo está en los detalles… y la credibilidad también.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/