El cómplice

Hay quienes dicen de Iván Cepeda que es un tipo decente. Y suele haber acuerdo —entre propios y rivales— en que sus formas son las de un hombre cordial, no altisonante ni beligerante. Un tipo pulido en sus modos, correcto en el trato, sobrio en el gesto. Pero esa cortesía no es sinónimo de moderación. En Cepeda la serenidad es método: su conducta es más bien la de un tipo frío y calculador, con una forma sofisticada de odio por sus enemigos políticos. No un odio pueril o rabioso, sino uno disciplinado, cultivado a golpe de obsesión ideológica.

Su odio por la derecha, además, es heredado. Viene de su padre, un hombre que combinó todas las formas de lucha. Y es un odio legitimado —en cierto sentido— por su injustificable asesinato. Esa tragedia personal se volvió columna vertebral de su relato: memoria, denuncia, persecución moral. Cepeda aprendió pronto que en Colombia el dolor también puede convertirse en plataforma. Y que, bien administrado, ese capital moral permite decir y hacer cosas que a otros les cobrarían caro.

Desde ahí, Cepeda ha dedicado su vida a enterrar por las vías que hagan falta la figura y la humanidad de Álvaro Uribe. No es una diferencia política normal: es una fijación. Un proyecto. Una carrera construida en torno a un nombre. Uribe es su combustible, su bandera, su enemigo necesario. Sin Uribe, Cepeda se queda sin espejo.

A eso se suman los ruidos que nunca se fueron. Se ha logrado comprobar que su nombre aparece mencionado en los computadores de Raúl Reyes, excabecilla de las Farc dado de baja, aunque nunca se le pudo llevar a juicio. Ese “aunque” es clave: no porque absuelva, sino porque deja el asunto suspendido en la ambigüedad que tanto le sirve a la política colombiana. Para unos, prueba suficiente. Para otros, persecución. Para él, un ruido administrable.

Su carrera —y hoy su aspiración presidencial— se ha construido a la sombra del juicio contra Álvaro Uribe, del que es parte procesal. Ese proceso tuvo su hito en la condena de primera instancia, celebrada como trofeo político, y que cayó después en segunda ante las evidentes irregularidades. Irregularidades que se cruzan con la manipulación de testigos, con ese trabajo de ir recogiendo y fabricando versiones en las cárceles para que testificaran contra el expresidente. No importa cuántas veces se maquille ese episodio: la política convertida en expediente, y el expediente usado como arma, termina ensuciando todo.

Hoy Cepeda es el candidato de Petro y, por ende, guarda silencio. Puntea en las encuestas, pero se niega a hablar de frente al país, a dar la cara, a debatir, a que se le cuestione. Su silencio no es prudencia: es cálculo. El mismo cálculo con el que se camina despacio cuando se sabe que el gobierno al que se pertenece es una carga.

Porque mientras él evita el cuerpo a cuerpo, al país le estallan las “atrocidades contra la salud”, el desorden fiscal, la inseguridad y la sensación de deriva. Y ahí aparece la pregunta central: ¿cómo pretende gobernar alguien que, cuando le toca responder, se esconde detrás del guion? Cepeda se vende como figura moral, pero se mueve como operador.

Y está, además, su firma política más pesada: es el artífice de la fracasada paz total. Una paz total que, hasta ahora, solo ha servido a los armados. Los fortalece, los legitima, les compra tiempo. Mientras tanto, a los ciudadanos les ofrece comunicados, mesas, promesas, y una paciencia que ya no existe.

Iván Cepeda no es el radical que grita. Es el que sonríe mientras aprieta. El que habla de derechos mientras justifica a los violentos. El que exige explicaciones cuando está en oposición, y guarda silencio cuando le toca responder por el poder. Por eso no es solo un adversario ideológico. Es, ante todo, el cómplice.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-machado/

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