Una cicatriz es un camino. Es la memoria tejida entre lo que ocurrió y lo que nos contamos. La primera cicatriz que me hice fue en la espinilla izquierda. Me resbalé y me encontré con una piedra. No fue una herida profunda ni me dolió mucho. Observé la sangre y cómo la marca se iba volviendo una costra. Me quedó una fina línea blanca, como un bigote de leche. Luego vinieron otras, en lugares donde no entra el sol. La más reciente es la de la cesárea que me hicieron hace casi dos años para salvarnos la vida a mi hija y a mí. La cicatriz es muy bonita, es pulida, casi no se nota, como si me hubiera suturado un experimentado cirujano plástico. La veo y me parece increíble que por ahí haya salido un ser humano.
Las cicatrices físicas sanan y lo vemos. Pero hay otras hondas. Las invisibles. Esas que ignoramos porque se las atribuimos a los demás, a quienes nos hicieron daño o a quienes les hicimos daño tontamente. Esas que llaman “del alma”. Son las que tienen la forma del pasado, nos recuerdan los lugares a los que fuimos, las personas que conocimos, las emociones que sentimos y, también, aquello que ni sabíamos que podía llegar a doler. El Dr. Bessel Van Der Kolk explica y detalla en su célebre libro: El cuerpo lleva la cuenta, cómo el trauma psicológico afecta el cuerpo, las emociones, la conducta, y hasta la salud física.
En la escala de los traumas, el más alto se lo lleva el abuso sexual. Mucho más si viene de un ser querido o conocido. Este tipo de violencia no sólo transforma la manera como nos relacionamos y entendemos el sexo y el amor, también lastima el cuerpo, algunas veces sin marcas visibles, como cuenta la señora Gisèle Pelicot en su libro Un himno a la vida. Su esposo le daba un cóctel de drogas tan fuerte que su cuerpo se relajaba muchísimo, por eso no le dolía al día siguiente de ser violada, y por ello mismo no se dio cuenta del horror hasta muchos años después de padecerlo.
Esta mujer valiente decidió enfrentarse a su agresor (y agresores) en un juicio público, y elegir la bandera del feminismo para motivar a otras mujeres a no callarse y a no tener miedo: “Que la vergüenza cambie de bando” es su lema. Que sean ellos quienes oculten su cara. Porque casi siempre son las mujeres abusadas quienes se esconden o eligen no denunciar ni contar su historia para no incomodar, para evitar la revictimización. Prefieren abrazar sus cicatrices en silencio antes que exponerse. Y aunque comprendo ese miedo, no puede seguir siendo más escandalosa una denuncia que el acto cruel y demencial de un agresor.
Lo que nos atraviesa permanece, aunque los gurús se empeñen en decirnos que tenemos que soltar, como si borrar las cosas que ocurren fuera tachar una lista de mercado. Claro, nadie puede vivir cargando a cuestas tanto, por eso el cerebro olvida, deshecha, esconde, compensa. Pero ahí no termina. Esas cicatrices internas hay que contarlas, no perderles el rastro. Es una forma de darles un propósito y sanar lo que la piel no tiene marcado, pero la mente sí. Algunos lo llaman morbo o victimización. No lo es. La herida que se nombra, sana, probablemente no del todo, pero se convierte en una cicatriz colectiva que juntas podemos ayudar a reparar y a evitar que continúe. Es ponerle fin a ese camino. Truncar el siguiente. Que las cicatrices sean el recuerdo de lo que no debe ocurrir de nuevo, y no algo que tengamos que ocultar.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/amalia-uribe/