Nunca he entendido muy bien esa idea, a veces tan enquistada en nuestra sociedad, según la cual no se puede hablar con quien piensa diferente. En parte, porque siempre me ha parecido un poco tonta: no se puede hacer fuego sin fricción, de la misma manera que no se puede progresar ni desarrollar nuevas y mejores ideas sin contradicción.
Quizá es por este motivo que, en mi círculo más cercano, por lo general busco personas que tengan ideas muy heterogéneas respecto de las mías. Es más, disfruto especialmente las conversaciones con quienes piensan diametralmente distinto a mí. Tal vez por eso la idea de la polarización se me hace profundamente absurda, y posturas como “acabar con la extrema derecha” o “destripar a la izquierda” siempre me han parecido posiciones que parten de una profunda deshonestidad intelectual, máxime en un entorno democrático.
Eso no significa, en ningún caso, que uno deba esconder sus posiciones o sumirse en la comodidad política e intelectual, como escuché hace unos días en redes. Defender las ideas y las convicciones propias me parece un deber casi moral de cada individuo. Tampoco confío en una persona que no sea capaz de sostener sus ideas; me parece, a la vez, inconveniente y absurdo.
En estos días escuché que Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo nunca se ponen de acuerdo para dar declaraciones conjuntas. Para mí — aunque no coincido con ese análisis —, más que una desventaja, es una gran virtud en un escenario democrático como el colombiano, tan fragmentado. Esa falta de uniformidad no es señal de debilidad, sino de autenticidad y pluralismo: demuestra que aún es posible sostener diferencias sin caer en la caricatura del adversario ni en la imposición del pensamiento único.
De hecho, en casos como este puede darse lo que he llamado el “amistoso disenso”: la capacidad de disentir con respeto, de confrontar ideas sin anular al otro, y de entender que la discrepancia no es un obstáculo, sino una condición necesaria para la deliberación democrática. En un país donde con frecuencia se exige alineamiento absoluto o se castiga la divergencia, la posibilidad de construir desde la diferencia —sin romper los puentes del diálogo— no solo es valiosa, sino urgente.
Ahora bien, esta columna, más allá de señalar lo que considero una cualidad loable de la campaña de Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, es también un manifiesto en favor de disentir con cariño. Es, en esencia, una invitación al lector: no a dejar de ser férreo en la defensa de sus ideas —porque hacerlo sería renunciar a una parte fundamental de la autonomía intelectual—, sino a no olvidar que, siempre que se debate o se piensa diferente, se hace en relación con otro ser humano, con su historia, sus convicciones y su dignidad.
Deberíamos, por tanto, privilegiar ese trato, esa consideración básica hacia el otro, y entender que no vale la pena romper —especialmente en esta época de ánimos electorales exacerbados— los vínculos con la familia, los amigos o la pareja por temas como la política, que, si bien son importantes, pasan a un segundo plano cuando empiezan a erosionar nuestras relaciones y nuestra vida privada. No todo desacuerdo merece una ruptura, ni toda diferencia debe convertirse en un conflicto irreconciliable. A veces, en el afán de tener la razón, se pierde algo mucho más valioso: la posibilidad de seguir compartiendo con quienes pensamos distinto.
Esto no implica relativizar las convicciones ni vaciar de contenido el debate público, sino aprender a poner cada cosa en su justa dimensión. Las ideas pueden ser objeto de crítica, de contraste e incluso de confrontación firme; pero los vínculos humanos requieren cuidado, paciencia y, sobre todo, una mínima — pero indispensable — voluntad de entendimiento. Disentir no debería implicar destruir; por el contrario, debería ser una oportunidad para comprender mejor al otro, para afinar los propios argumentos y para reconocer que, aun en la diferencia, existen puntos de encuentro que vale la pena preservar.
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