El día de ayer, tras varias horas de deliberación continua, la junta de Ecopetrol no pudo tomar una decisión sobre si retirar o no al presidente, Ricardo Roa, del cargo. Esto se da en un momento crucial en la investigaciones que actualmente cursan contra el funcionario por presunto tráfico de influencias. Pero el problema no es solo la situación judicial de Roa. Es lo que esta indecisión revela ¿Qué pasa cuando la empresa más importante del país queda atrapada entre consideraciones políticas y riesgos jurídicos?
Es que Ecopetrol no es cualquier compañía. Es, al mismo tiempo, la principal empresa del país, una fuente esencial de ingresos fiscales y un escenario donde se cruzan intereses económicos, energéticos y políticos. Por eso, cada decisión sobre su liderazgo deja de ser un asunto corporativo para convertirse en un debate sobre el rumbo del Estado mismo.
Esta situación, además, llega en un momento especialmente crítico para la compañía. El recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente ha presionado al alza los precios internacionales del crudo, llevando el barril a superar la barrera de los 100 dólares. En condiciones normales, un escenario como este representaría una oportunidad estratégica para fortalecer la competitividad de Ecopetrol, mejorar sus ingresos y consolidar su posición en el mercado global. Sin embargo, ese potencial difícilmente puede materializarse en medio de la incertidumbre sobre su dirección. Porque en el sector energético – quizás más que en cualquier otro – el liderazgo no es un elemento accesorio: es la condición mínima para tomar decisiones oportunas, gestionar riesgos y capitalizar coyunturas favorables.
Este panorama, tan desalentador como revelador, deja una reflexión clara. Las empresas del Estado, y en particular aquellas que son estratégicas para el desarrollo nacional, como Ecopetrol, no pueden quedar expuestas a decisiones condicionadas por intereses políticos. Insistir en la permanencia de un liderazgo cuestionado no solo prolonga la incertidumbre, sino que debilita los principios de gobernanza que deberían regir este tipo de organizaciones. Porque cuando las decisiones se perciben como políticas, incluso si no lo son, el daño institucional ya está hecho.
Sin embargo, sería ingenuo analizar esta situación como si se tratara únicamente de una decisión autónoma de la junta directiva. En Ecopetrol, como en muchas empresas de participación estatal mayoritaria, la composición de la junta refleja la influencia del Gobierno nacional. Y en ese sentido, la responsabilidad política por las decisiones que allí se toman, o que se dejan de tomar, no es difusa: tiene un centro claro. El Presidente de la República, en su calidad de jefe de Estado y principal orientador de la política energética, no es un actor externo a esta discusión. Por el contrario, su margen de incidencia sobre la junta es determinante, tanto por la designación de sus miembros como por el peso político que inevitablemente proyecta sobre sus decisiones.
En ese contexto, la permanencia de Ricardo Roa en el cargo deja de ser una simple cuestión de gobierno corporativo y adquiere una dimensión abiertamente política. No porque exista necesariamente una instrucción explícita, sino porque las acciones – y las omisiones – también gobiernan.
Y es ahí donde radica el punto más delicado. Porque cuando una decisión que debería resolverse bajo criterios técnicos termina condicionada por el entorno político del Gobierno, como ha sido usual durante este cuatrienio, no solo se terminan desaprovechando oportunidades cruciales, sino que se termina erosionando aquello que más cuesta construir y más rápido se pierde: la confianza en que lo público puede administrarse con rigor y no con cálculo político.
Otras columnas de este autor: https://noapto.co/nicolas-calle/