Dolor en la alegría y dicha en el sufrimiento

Dos realidades que parecen absolutamente opuestas: la celebración del mundial y la tragedia de los terremotos en Venezuela. No son comparables. Solo coinciden en un asunto: la condición humana y sus matices. En el primer escenario, que bien podría ser de celebración, abundan las malas noticias: la corrupción en la Fifa; los hinchas que pasan del goce a la violencia; los deportistas maltratados por su nacionalidad; las absurdas millonadas en apuestas; el “precio” de los deportistas.

En cambio, en medio de la tragedia en Venezuela pocas, pero maravillosas, buenas noticias: más de seis mil cuatrocientas personas salvadas de los escombros; los voluntarios de distintas partes del mundo que se sumaron a las labores; las donaciones; las mascotas rescatadas y los perros rescatistas; nacionales y extranjeros dispuestos a hacer más de lo necesario.

Son semanas para sentirnos perplejos. Abrir cualquier red social o pasar por la página de algún medio de comunicación requiere de una fortaleza emocional que se pone a prueba cada minuto: por un lado, el juego de la opulencia del poder y de la plata. Por el otro, los efectos de la solidaridad en medio de la escasez. Y en la mitad, quienes no participamos directamente de ninguno de los dos extremos, pero tampoco somos simple espectadores.

Ahora, más allá de ser testigos de la fiesta y de la tragedia, nos caben preguntas y acciones. Al final, lo que queda es la demostración de que los seres humanos no somos binarios. En cada uno de nosotros convive lo bueno y lo malo y, dadas las condiciones, podemos llevar cualquiera de esas potencias al extremo.

Asumir que la vida no es neutral y que eso que les pasa a otros seres vivos también nos interpela, nos involucra, es comprender que somos con los otros y por los otros; es hacernos responsables.

Esto es respetar con pudor el sufrimiento ajeno; comprender las justas proporciones del duelo, porque, aunque suene a perogrullada, parece que se nos olvida que no es lo mismo fallar un penalti que cavar un túnel de rescate.

Es preguntarnos sobre lo que publicamos y ayudamos a “viralizar”; hacernos preguntas incómodas, como por qué un ser humano tiene precio (exorbitante, por demás) y para otro no hay recursos médicos para salvarle la vida.

No hay síntesis sencilla para nuestra condición humana. Todo es complejo. Entre la alegría y la tristeza tendremos que aprender a mantener la atención cuando los reflectores bajen. Saber que la memoria y el sostén exigen acciones permanentes porque para muchos no hay tiempo de reposición.

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