Descomposición

El sistema de salud del gobierno Petro le produjo la muerte a un niño. Luego culpó al niño fallecido por montar en bicicleta. Luego culpó a la mamá. Y luego, para colmo, el candidato que representa a ese gobierno sube en las encuestas presidenciales.

¿Cómo nos explicamos eso? ¿Cómo podríamos explicarle a Kevin, o a doña Cecilia, la señora que literalmente se murió esperando un medicamento, que los responsables del sistema que les quitó la vida por su inoperancia ganen favorabilidad, mientras sus decisiones cada día cobran más vidas?

Los colombianos debíamos haber castigado a quienes con su indiferencia y dogmatismo dejaron que un niño y una adulta mayor, que podrían hoy estar vivos, se murieran. Perdónenme, pero quienes hoy aprueban a Iván Cepeda y al gobierno de Gustavo Petro les dan la espalda a Kevin, a Cecilia y a miles de colombianos que hoy están al borde de una muerte que puede prevenirse, pero que por cuenta de una ideología anquilosada se aumenta la probabilidad de que fallezcan.

En la más reciente encuesta de Invamer, la intención de voto por Iván Cepeda, el candidato que representa la continuidad de un gobierno ineficaz, indolente y corrupto, aumentó. Lo mismo ocurrió con la imagen del presidente: 49% de los colombianos encuestados dijeron tener una imagen favorable de él. Será que los muertos no eran “tan importantes”.

Inicialmente, esta columna la iba a destinar para hacer lo que muchos: intentar analizar los resultados de la encuesta, lanzar hipótesis e intentar entender hacia dónde se puede mover el panorama electoral. Sin embargo, un mensaje que leí en WhatsApp me hizo cambiar de intención.

Más que un país polarizado, nos estamos convirtiendo (si no es que ya lo hicimos) en un país indiferente. Quienes clamaban por un gobierno que abogara por la vida y por los ‘nadie’, hoy desvían la mirada del féretro de un niño y de una adulta mayor. No me cabe duda: el resultado de la encuesta debió ser distinto. Y no lo digo por lamento, para que no se confundan, sino por sentido humano común: una sociedad que exalta a quienes la destruyen intencionalmente es como la víctima que le agradece al ladrón.

A casi tres meses de la primera vuelta presidencial, hay una parte del país que aún avala a quienes dejan la puerta abierta para que la muerte entre y escoja, a quienes favorecen el recrudecimiento de la violencia, a los que sin sonrojarse le han robado al país que dicen representar con altos valores morales.

En Colombia, “muertos” y “corrupción” son palabras que cada vez conmueven menos. Ya no alteran elecciones ni despiertan la indignación colectiva. Y, pensándolo bien, no son conceptos tan distintos: la muerte y la corrupción comparten algo esencial, ambas son formas de descomposición. Lo inquietante es que, mientras normalizamos ambas, el país parece ir perdiendo algo más que la indignación: está perdiendo la compostura.

Esto lo tenemos que cambiar. Por Kevin, por Cecilia, por todos los colombianos que queremos y merecemos vivir en un país mejor. Y no es un tema de ideología; es de valores, de sentido humano común. No perdamos eso que nos ha hecho famosos en el mundo: el interés genuino por preocuparnos por los demás.

Dicho eso, confío en que la foto de junio será diferente. A Colombia la podemos cambiar para bien, de eso no me cabe la menor duda. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/andres-jimenez/

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