Por primera vez en cuatro años de incertidumbre, Colombia tiene una alternativa posible para enfrentar la polarización que alimenta a los extremos y que tanto daño le ha hecho al país. Y, justamente en ese escenario, esos mismos extremos —que dicen sentirse amenazados por figuras como Paloma Valencia y, especialmente, Juan Daniel Oviedo— han empezado a mostrar su rostro más homófobo y discriminatorio.
No les bastó con el comentario homofóbico de Abelardo De La Espriella a una semana de las consultas. Esta semana se sumó el propio Gustavo Petro, quien se refirió con suspicacia a la fórmula vicepresidencial de Paloma Valencia como “plumas y lentejuelas”. Y a eso hay que agregar el interminable coro de las bodegas petristas y abelardistas en redes sociales, dedicadas a atacar a la naciente fórmula presidencial.
El título de esta columna no puede ser más claro: dejen la maricada con Oviedo. El ahora candidato vicepresidencial es, ante todo, un profesional probado y comprometido con sacar adelante un proyecto de país que se va a enfrentar a las grandes crisis que dejará el Gobierno Petro, especialmente, en materia de economía con el desplome de la inversión y el creciente déficit fiscal que deja un Estado quebrado. El rol de un economista como Juan Daniel en medio de esta crisis es fundamental y valioso en el próximo cuatrienio que va a requerir más gente preparada y menos improvisados impulsando agendas ideológicas.
Paloma Valencia es de derecha, proviene de una familia con tradición política y es uribista declarada. Nada de eso es un secreto. Y aun así, la situación del país es tan apremiante que hoy puede parecer moderada frente a lo que hay alrededor. De un lado, un candidato del continuismo de izquierda que avala dictaduras socialistas, respalda proyectos que han provocado crisis humanitarias y guarda silencio cómplice frente a criminales que comparten su ideología. Del otro, un abogado de las mafias que, en la cúspide de su narcisismo e improvisación, decidió lanzarse a la presidencia para “salvar la patria”, sin el más mínimo conocimiento de gobierno. Su campaña no es más que un reciclaje de discursos de la extrema derecha y un intento caricaturesco de personificarse como Bukele (de repente hasta le salió pelo).
Y sí, el 31 de mayo habrá que tomar una decisión entre tres opciones: Cepeda–Quilcué, Abelardo–Restrepo o Paloma–Oviedo. A estas alturas de la competencia, el resto de candidaturas son tan irrelevantes como nocivas cuando lo que está en juego es el futuro del país. Los candidatos idóneos se quedaron hace rato en el bus de los precandidatos, y hoy Colombia debe asumir una decisión responsable, entendiendo que lo que está en juego es algo mucho más simple y más urgente: que el país tenga futuro.
Lo que más incomoda de la fórmula Paloma–Oviedo es que representa la posibilidad real de construir un gobierno con vocación pluralista, en el sentido más pragmático del término. Un gobierno que entienda que las prioridades de los próximos cuatro años serán tres: seguridad, economía y salud. Las grandes crisis explícitas que son el mayor legado del gobierno de Gustavo Petro y obligan a concentrarse en lo esencial. Un escenario tan apremiante no da espacio para debates menores con tintes ideológicos, aunque eso sea precisamente lo que tanto obsesiona a los más homofóbicos.
Hace unos meses —o peor aún, si lo pensábamos años atrás— esta fórmula parecía improbable. Hoy, en cambio, le devuelve esperanza a una Colombia que quiere salir adelante a pesar de todo. Me recuerda una de mis frases favoritas de Alejandro Gaviria: “los ideólogos de izquierda desconocen el progreso social; los de derecha, el avance moral. Unos y otros son inmunes a los datos. Pero vale la pena enseñárselos de vez en cuando (con alardes positivistas, por supuesto), así sea solo para hacerlos rabiar”. La fórmula surgida de la Gran Consulta parece entenderlo: reconoce el avance moral con Oviedo y apuesta por el progreso social con Paloma. Por eso los hace rabiar aún más.
Los extremos, hoy acorralados en sus orillas —y más cerca entre sí de lo que quisieran admitir— seguirán acechando una campaña que los desnuda por completo. Una campaña que exhibe lo más nefasto de lo que representan: el fanatismo de quienes no saben escuchar y prefieren impedir cualquier alternativa real. Pero el país necesita justamente lo contrario: un gobierno de cuatro años, no otros cuatro años de escándalos de gobierno.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/