Decirle no al mal

“¿Acaso nunca os preguntasteis por qué nacen jaramagos y retamas en el cemento duro e inorgánico de los bordes de las carreteras? La propia naturaleza hace el trabajo que nosotros no queremos hacer. Y honra, y se muestra así más humana que nosotros”. David Uclés.

Alguien escribió en Twitter que Gaza era una prueba de fuego no negociable: que la forma en la que uno hubiera respondido al genocidio decía exactamente quién era uno. Lo siento profundamente cierto. Pensé en este fragmento de Las gratitudes, de Delphine de Vigan, sobre una mujer que escondió a una niña judía durante la guerra: “Cuando le pregunté cómo habían podido resistir aquellos tres años, me dijo estas palabras, textualmente: ‘Empiezas diciéndole que no al mal. Y luego ya no tienes elección’”.

Hay una mezcla de inteligencia, sensibilidad, conocimiento y atención en el análisis de lo que nos rodea, que determina la hondura de la humanidad en nuestra mirada. Eso hace que, incluso en situaciones evidentes, haya diferencias radicales en las conclusiones. Por ejemplo, mientras algunos descendientes de criminales nazis excusan a sus familiares, otros como Niklas Frank, hijo de Hans Frank —abogado de Hitler, conocido como «Carnicero de Polonia»—, cargan esa vergüenza y le dan forma en el presente. Cuenta el periodista Marc Bassets que Niklas Frank les dije a los jóvenes de su país: “Disfrutad de la vida, pero recordad que sois alemanes. Así que debéis tener presente lo que vuestros abuelos, vuestros bisabuelos hicieron o vieron hacer y no hicieron nada para impedirlo. Por favor, reaccionad inmediatamente si os cruzáis con personas que hablan de manera inhumana”.

Vi Sueños de trenes (Netflix), una película maravillosa con esos dos componentes que busco en todas partes: mucha belleza y mucho dolor. Es la historia de vida de un hombre sencillo: un niño sin padres en el Estados Unidos rural a principios del siglo XX, un hombre que contempla el mundo desde una soledad radical, que crece y trabaja por temporadas talando árboles, atestiguando la crueldad contra inmigrantes asiáticos y la destrucción de los bosques, y eso le rompe, además del cuerpo, el espíritu. Después conoce el amor, de donde saca la fuerza para continuar, y sufre cada segundo que pasa lejos de esa calidez que desconocía. Llega la tragedia y debe seguir atestiguando el horror sin el amor, entonces acaricia momentáneamente destellos de amabilidad, de belleza, hasta renunciar a lo que sabe que lo corrompe y comprender al fin su vida de una manera más integral, sintiéndose parte de todo aquello que le parecía tan ajeno. Pasan por su mente imágenes bellísimas de su experiencia: las personas que le mostraron alguna luz, los cachorritos que llegaron tras el momento más oscuro, troncos de árboles centenarios desplomándose, el verde de los bosques visto desde el cielo por primera vez…

Hay historias que alcanzan ese punto invisible en el centro del cuerpo donde se siente de manera punzante la humanidad, eso que han casi borrado redes sociales, noticias falsas, inteligencia artificial, consumismo y repetición de números sin vida ni lágrimas. Irene Vallejo recordó en una columna esta idea de la filósofa Hiparquia, que renunció a la riqueza y vivió en la pobreza para desafiar el orden establecido y pensar: “Soy dueña de mi vida para ser sabia”.

Nos urge volver a mirar. Mirar con calma. Mary Oliver escribió: “esta es la cosa primera, más sabia y más salvaje que conozco: el alma existe, y está hecha enteramente de atención”. Uno se desprende del vacío y le abre la puerta a la sabiduría, que es sin excepción humana. Para saber decirle no al mal. Y mirar la vida desde ahí.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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