Está en cartelera el documental “El juego de la vida” de Andrés Ruiz, una película basada en los hallazgos de la Encuesta Longitudinal Colombiana (ELCA), realizada por la Universidad de los Andes, y, seguramente, la investigación social más importante hecha en este país. La ELCA les hizo seguimiento a 10.000 hogares rurales y urbanos durante 12 años con el propósito de determinar trayectorias de movilidad social e identificar trampas de pobreza.
En el documental se presenta una fracción de la muestra recogida en la Encuesta, vemos las caras de sus protagonistas y en sus voces escuchamos el relato habitual del país. Ruiz logra con su cámara hacerle justicia a ese mandato de las ciencias sociales que procura humanizar las cifras. Cuando conocemos quiénes son los que no pudieron cumplir sus sueños por las circunstancias, o por las malas decisiones que tomaron, es probable que nuestro compromiso con esa realidad sea mayor a si leemos que en Colombia se necesitan 11 generaciones para salir de la pobreza. Más allá de si eso es cierto o no.
La película en general logra su objetivo: que conozcamos las dificultades de aquellas personas que nacen debajo de la escala social, que tienen que jugar el juego de la vida con unas muy malas cartas. Hubo dos cosas que me llamaron mucho la atención y que no necesariamente son asuntos que se mencionan de forma explícita en la narración en off que nos hace el director, pero que sí se insinúan en las imágenes, y que son evidentes cuando pensamos en la pobreza.
Lo primero es esa especie de inequidad en la posibilidad de equivocarse. Las personas que viven en condición de pobreza o que tienen posibilidad inminente de caer en ella, no pueden tomar malas decisiones. Viven tan al límite que cualquier error resulta determinante en sus trayectorias de vida. A los ricos eso no les pasa. Las equivocaciones no son tan costosas y pueden utilizar todos los recursos con los que cuentan para resarcirlas. En la película vemos que una sola mala decisión terminaba definiendo el curso vital de los protagonistas, sobre todo cuando se trataba de existencias sobre las que pesan más desigualdades como es el caso de las mujeres. Los embarazos juveniles son una circunstancia que sigue siendo decisiva en la movilidad social.
Lo segundo tiene que ver con el capital social y el capital simbólico. Y acá creo que está lo central de la mayoría de estudios sobre pobreza y que la película retrata muy bien. La historia de Andrés Ruiz, que es a la vez protagonista y director del documental, nos sirve para profundizar en este punto. La movilidad social no depende tanto del esfuerzo individual y el trabajo duro, sino de la posibilidad de conectarse con personas y entornos que posibiliten el ascenso económico. Ruiz, el “agrogomelo”, ascendió en la escala socioeconómica porque, además de trabajar duro, tenía de base algunas características que resultan definitivas.
Como él mismo lo dice, era un hombre blanco de ojos verdes que tenía algunos de los atributos simbólicos de pertenencia a una clase social. Y no solo eso, al llegar a la Universidad de los Andes, su forma de hablar, y sus maneras en general, se transformaron, se adaptaron a lo que Norbert Elias llama “la etiqueta” para acceder a ciertos privilegios.
A la forma de hablar, de verse, de relacionarse, se le sumó el relacionamiento con personas fuera de su clase social de nacimiento, lo que Bourdieu llama “el capital social”. Ruiz no contaba con eso en su mano inicial, pero adoptando ciertos códigos, logró tenerlo. En un momento de la película él hace una confesión, nos dice que muchas veces tomaba el mismo bus que sus compañeros y compañeras para que pensaran que él vivía en un barrio similar al de ellos. También cuenta que aprendió inglés no por una cuestión de mejoría académica, sino para poder hablar como ellos, para adoptar las maneras de una clase social.
“El juego de la vida” es otro testimonio de que ni en Colombia ni en el mundo salir de la pobreza es una cuestión solo de trabajo duro. Es, también, y en mayor medida, una cuestión de suerte, de conexiones y de etiqueta. De capital social y simbólico. El documental es una pieza muy valiosa porque presenta evidencia empírica que cuestiona relatos sociales bastante populares en la sociedad contemporánea, que afirman que “el que quiere puede” o que el progreso material es una cuestión de esfuerzo y mérito, asumiendo como verdades reveladas lo que en realidad son cuentos de fantasía neoliberal.
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