De agresiones, acosos y flirteos 

Hubo una época en mi adolescencia donde por el sector donde vivía rondaba un violador. No supe muy bien si era un mito urbano o si en realidad eso estaba pasando, pero en estos casos siempre es mejor pensar mal y tener un comportamiento preventivo. Un día de semana fui donde una compañera a hacer una tarea, nos distanciaban unas diez cuadras, aún no era de noche y cuando empecé el trayecto de regreso a mi casa, sentí la presencia de un hombre que me perseguía, volteé a mirar y efectivamente si estaba detrás mío, bastante cerca, yo lo único que pensé fue en el violador que rondaba el sector y me lancé a correr como loca, no paré hasta llegar a mi casa. Esto lo cuento aquí porque nunca olvidé esa sensación espantosa de sentirse vulnerable por un desconocido, de sospechar de los hombres en la calle, porque en cualquier momento podías toparte con un violador o acosador.

Más adelante, me ocurrieron dos hechos que pasaron de la mera sensación a una vulnerabilidad comprobada. En la calle, en una ocasión iba caminando sola hacia la universidad cuando un hombre que venía en sentido contrario me tocó los senos. Fue un instante breve pero no por ello dejé de sentirme ultrajada. En otra ocasión, estaba con mi madre en el centro y un hombre que también caminaba en sentido contrario me tocó una de mis partes íntimas. Esta vez, reaccioné, volteé a mirarlo y procedí a insultarlo. Él no se inmutó, siguió de largo como si no fuera con él. 

Esto no me ha ocurrido solo a mí, casi que a cualquier mujer que le preguntes te podrá contar historias semejantes o aún peores. Conversando con una amiga sobre el caso recién publicado en medios de los periodistas de Caracol televisión involucrados en presunto acoso sexual a colegas del medio, le pregunté si ella había sido en algún momento objeto de situaciones que se pudieran describir como acoso; ella rememoró varias situaciones, todas ligadas a atención en salud. Un odontólogo la besó en la boca mientras la atendía; un ginecólogo después de estarla piropeando, cuando ella salía del consultorio, la apretó contra la puerta y casi no la deja salir; mientras se recuperaba de una cirugía, alguien le golpeó las nalgas fuertemente; en fin, todas estas situaciones ocurrieron sin su consentimiento y violaron su intimidad. 

Ella lo describe como una situación tan incómoda que no pudo compartirla con nadie hasta mucho tiempo después. La mayoría de las mujeres se preguntan que pudieron haber hecho para que ellos procedieran así. Hay un sentimiento de culpa arraigado en nosotras, como si ser víctimas de acoso nos convirtiera también en victimarias. Esta es una de las razones para que pocas denuncien.  

Lamentablemente, no solo muchos hombres sino también muchas mujeres dudan de que las situaciones descritas como acoso o abuso sean entera responsabilidad de los hombres. Y salen al ruedo objeciones del tipo: por qué las mujeres aceptamos invitaciones a ciertos sitios, con grupos de hombres, que si le sumas licor o drogas es mucho peor, que si la ropa que llevamos, entre otros.

Muchos de esos argumentos terminan relativizando la responsabilidad de los hombres en estos hechos, y con ello seguimos ocultando como sociedad un problema muy grave que deriva en una prolongación de las violencias en contra de las mujeres.  

Por supuesto, cada caso amerita una reflexión, no todos son iguales, no el ciento por ciento tienen como víctima a la mujer. Existen situaciones donde hay señalamientos que no responden a la verdad y buscan aprovechar ventajas de tipo económico, de visibilidad, entre otros. 

Es allí donde un grupo de artistas francesas han sentado su voz en contra del movimiento MeToo estadounidense. Ellas hacen una crítica pertinente, pues consideran que dicho movimiento ha llevado a una justicia expeditiva, esto es, a que los hombres involucrados en las denuncias sean condenados por la sociedad sin que medie un juicio justo -pensemos en el caso de Jonny Deep y su ex esposa Amber-. También lo critican por considerar que en vez de proteger la libertad sexual de la mujer ha terminado en un movimiento puritano que la coarta. Defienden que los hombres puedan coquetear en lo que denominan el derecho a importunar.

Hay una delgada línea entre importunar y acosar, y en esa hay que seguir trabajando y afinando posturas. Para mí, el coqueteo hace parte del cortejo y es importante no irlo acabando al querer equipararlo con acoso. El coqueteo es un proceso que involucra señales de ambas partes. No puede pretender un hombre que porque le gustó una mujer ya tiene el derecho a besarla, tocarla, abalanzarse o insinuarse sin que medien señales significativas de la otra persona. Sin esas señales es mejor abstenerse antes que propasarse, justo porque las mujeres estamos cansadas de ser objeto de comportamientos que vulneran nuestra intimidad.

Esa delgada línea, sin duda, puede ser muy subjetiva, lo que para una mujer puede ser considerado acoso quizás para otra no, pero lo que no es subjetivo es que cuando una mujer dice NO, está fijando un límite claro frente a lo que no tolera, no desea, no quiere. NO es NO, señores, sin relativismos y sin justificaciones de ninguna índole.   

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/

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